¿Nunca habéis tenido esa sensación de estar volando? Es más… a sensación de que el resto del mundo no importa si estás con él. Desde que conocí a Justiin, él niño pijo, rubio, con ojos color miel, con sus labios rosaditos y perfectos, con su peinado que le da un toque más ¿provocativo? Sí… provocativo pero elegante al mismo tiempo. Que lleva unas camisetas de Lacoste que yo en la vida me podría permitir, el que lleva los pitillos ajustados para que su trasero quede marcado y el que no se despega de las supra que siempre lleva calzadas en los pies. El que tiene unas gafas de sol que cuestan más de lo que yo gano en un mes. El niño mimado de mamá y de papá, el caprichoso que lo tiene todo, absolutamente todo. Pero que también es el chico que me hace sentir bien cuando estoy con él, que me hace olvidar lo que realmente soy, que me hace ser una persona normal y corriente como las demás chicas de su urbanización, que me hace sonreír a cada instante, el que consigue que mi bello se erice cuando me susurra algo al oído. Él, que hace que me pierda en su mirada. Él, que me hizo tocar el cielo todas las veces que le besé… y aseguro que podría estar así toda la noche. Pero ahora mismo no quiero pensar, solamente quiero relajarme. Seguir el ritmo de la música, cosa que ahora no creo que esté haciendo bien. Juntarme más a su cuerpo y sentir su calor corporal. Porque aunque ni yo misma me lo crea, aunque parezca una locura, él, Justin Bieber, está en el Black Diamond, está en la pista y está bailando conmigo. Es algo extraño, porque aún no me puedo creer que yo misma esté hablando del amor. ¿Yo qué sé sobre el amor?
Nada.
Nunca he estado enamorada para saberlo, y ahora mismo estoy hablando como si fuera una experta, pero no, no lo soy. No creo en todos los cuentos de hadas, eso ya está demasiado pasado para mí, no creo en el típico príncipe azul que siempre aparece para salvar a la damisela en apuros. Todo eso quedó en mis sueños… ahora lo único que hago es mantener la cabeza alta, estar segura de donde piso, porque a la mínima puede haber un hoyo enorme esperándote, y si tú lo pisas, te hundes. Pero lo gracioso de toda esta historia, es que sé que si Justin se separa de mí, habré caído en picado en ese hoyo. Y eso me da miedo, porque ahora mismo estoy empezando a sentir que dependo de él para seguir en pie. Si él cae, yo caigo.
— ¿Alguna vez te han dicho lo hermosa que eres? — susurra.
Intento disimularlo, pero siento como mi cuerpo arde de tal forma que sé que he vuelto a tocar el cielo. Pero yo no voy a ser así con él, no por ahora.
— Por favor, Bieber… me lo dicen cada noche. — le respondo pícaramente.
No puedo evitar soltar unas carcajadas. Aunque no esté viendo su cara, sé que está sonriendo y eso me hace sentir bien.
— Entonces… tendré que ponerte una etiqueta ¿no crees? — Esta vez es él quien no puede evitar reír.
— ¿Una etiqueta? Perdona, Justin… pero te recuerdo, sólo por si no te ha quedado claro, que yo no soy de nadie ¿sí? — Contesto con un tono más borde, pero por dentro esté deseando comérmelo a besos. ‘’Ponme una etiqueta, demuéstrales a todos que soy tuya‘’ pienso. Y me maldigo por haberlo pensado.
— Bueno… es una verdadera lástima. Además, Sam… me sorprende que aún no me conozcas — Coge mi mano. Me alejo y él me acerca. Doy una vuelta para volver a quedar en la misma posición de antes.
— ¿Por qué dices eso? — pregunto sonriendo.
— Porque si me conocieras sabrías que no dejaría que una chica como tú fuera de otro.
Analizo cada palabra, mientras intento no ponerme a saltar de alegría por todo el bar. Tengo que disimular, como si fuera otra frase más de esas que tanto me suelen decir. Solamente una frase, no hay sentimientos detrás de ella. Absolutamente nada.
— Sam… ¿quieres que te acompañe a casa? Es tarde.
Miro a mi alrededor para asegurarme de que John no está y que se ha ido ya a su casa. Y por suerte no lo veo por ninguna parte.
— Si… estoy cansada, ya cerrarán las demás
Empiezo a caminar intentando esquivar a todos los hombres que hay en la pista, algunos optan por tocarme el culo, o atraerme hacia ellos. Nadie se hace una idea de las ganas que tengo de partirles la cara aquí mismo, pero por desgracia aún estoy dentro del local, y me guste o no, aquí dentro soy una más. Una más de todas esas chicas que cada noche aguantamos lo mismo, porque tenemos un pasado que es mejor no recordar y un presente que no queremos seguir viviendo. Aunque sí que tenemos esperanzas de futuro, de un futuro mejor.
Salgo fuera del bar y me quedo observando durante unos instantes toda la calle, buscándole en cada rincón. Y por fin, observo a un chico que está subido en una moto.
Mierda. ¿Otra vez la maldita moto?
A paso ligero me acerco a él y me quedo observándole mientras él me llama con la mano.
— Venga Samantha… es para hoy — Dice en tono divertido mientras me extiende la mano. No puedo creer que me haya llamado así. Mi madre… ella era la única que lo hacía y siempre era para picarme, no me gusta que me llamen así. Pero bueno, no pienso darle importancia, me siento bien recordando pequeños detalles sobre mamá, y no voy a hablar de nada que tenga que ver con eso con Justin.
— Ya me monté el otro día ahí — señalo ese cacharro — y no pienso volver a subir. Como si fuera una niña pequeña, me cruzo de brazos esperando a que responda.
— Estela, se llama Estela — la señala con su dedo índice — No te lo volveré a repetir otra vez, o te subes por las buenas, o te subes por las malas — Sonríe de una forma que no me gusta nada. No, mentira, me encanta, sólo que sé que si sigue sonriendo de esa forma terminaré haciendo lo que me pide. En estos momentos me dan ganas de subirme encima de su querida Estela, obedecerle como una niña buena.
— Por las malas — le sonrío igual que lo hacía él antes. Y es que, yo no soy una niña buena.
— Perfecto tigresa, esto será divertido.
Nada.
Nunca he estado enamorada para saberlo, y ahora mismo estoy hablando como si fuera una experta, pero no, no lo soy. No creo en todos los cuentos de hadas, eso ya está demasiado pasado para mí, no creo en el típico príncipe azul que siempre aparece para salvar a la damisela en apuros. Todo eso quedó en mis sueños… ahora lo único que hago es mantener la cabeza alta, estar segura de donde piso, porque a la mínima puede haber un hoyo enorme esperándote, y si tú lo pisas, te hundes. Pero lo gracioso de toda esta historia, es que sé que si Justin se separa de mí, habré caído en picado en ese hoyo. Y eso me da miedo, porque ahora mismo estoy empezando a sentir que dependo de él para seguir en pie. Si él cae, yo caigo.
— ¿Alguna vez te han dicho lo hermosa que eres? — susurra.
Intento disimularlo, pero siento como mi cuerpo arde de tal forma que sé que he vuelto a tocar el cielo. Pero yo no voy a ser así con él, no por ahora.
— Por favor, Bieber… me lo dicen cada noche. — le respondo pícaramente.
No puedo evitar soltar unas carcajadas. Aunque no esté viendo su cara, sé que está sonriendo y eso me hace sentir bien.
— Entonces… tendré que ponerte una etiqueta ¿no crees? — Esta vez es él quien no puede evitar reír.
— ¿Una etiqueta? Perdona, Justin… pero te recuerdo, sólo por si no te ha quedado claro, que yo no soy de nadie ¿sí? — Contesto con un tono más borde, pero por dentro esté deseando comérmelo a besos. ‘’Ponme una etiqueta, demuéstrales a todos que soy tuya‘’ pienso. Y me maldigo por haberlo pensado.
— Bueno… es una verdadera lástima. Además, Sam… me sorprende que aún no me conozcas — Coge mi mano. Me alejo y él me acerca. Doy una vuelta para volver a quedar en la misma posición de antes.
— ¿Por qué dices eso? — pregunto sonriendo.
— Porque si me conocieras sabrías que no dejaría que una chica como tú fuera de otro.
Analizo cada palabra, mientras intento no ponerme a saltar de alegría por todo el bar. Tengo que disimular, como si fuera otra frase más de esas que tanto me suelen decir. Solamente una frase, no hay sentimientos detrás de ella. Absolutamente nada.
— Sam… ¿quieres que te acompañe a casa? Es tarde.
Miro a mi alrededor para asegurarme de que John no está y que se ha ido ya a su casa. Y por suerte no lo veo por ninguna parte.
— Si… estoy cansada, ya cerrarán las demás
Empiezo a caminar intentando esquivar a todos los hombres que hay en la pista, algunos optan por tocarme el culo, o atraerme hacia ellos. Nadie se hace una idea de las ganas que tengo de partirles la cara aquí mismo, pero por desgracia aún estoy dentro del local, y me guste o no, aquí dentro soy una más. Una más de todas esas chicas que cada noche aguantamos lo mismo, porque tenemos un pasado que es mejor no recordar y un presente que no queremos seguir viviendo. Aunque sí que tenemos esperanzas de futuro, de un futuro mejor.
Salgo fuera del bar y me quedo observando durante unos instantes toda la calle, buscándole en cada rincón. Y por fin, observo a un chico que está subido en una moto.
Mierda. ¿Otra vez la maldita moto?
A paso ligero me acerco a él y me quedo observándole mientras él me llama con la mano.
— Venga Samantha… es para hoy — Dice en tono divertido mientras me extiende la mano. No puedo creer que me haya llamado así. Mi madre… ella era la única que lo hacía y siempre era para picarme, no me gusta que me llamen así. Pero bueno, no pienso darle importancia, me siento bien recordando pequeños detalles sobre mamá, y no voy a hablar de nada que tenga que ver con eso con Justin.
— Ya me monté el otro día ahí — señalo ese cacharro — y no pienso volver a subir. Como si fuera una niña pequeña, me cruzo de brazos esperando a que responda.
— Estela, se llama Estela — la señala con su dedo índice — No te lo volveré a repetir otra vez, o te subes por las buenas, o te subes por las malas — Sonríe de una forma que no me gusta nada. No, mentira, me encanta, sólo que sé que si sigue sonriendo de esa forma terminaré haciendo lo que me pide. En estos momentos me dan ganas de subirme encima de su querida Estela, obedecerle como una niña buena.
— Por las malas — le sonrío igual que lo hacía él antes. Y es que, yo no soy una niña buena.
— Perfecto tigresa, esto será divertido.
Asiente mientras sigue sonriendo. Se levanta y se acerca a mí, y yo siento como me invaden las ganas de besarle otra vez. Se está acercando como un león a su presa y me asusta. Retrocedo unos cuantos pasos y lo miro fijamente. Intenta reprimir una sonrisa pero no puede, y eso me hace gracia. Se ríe cuando lo miro. En escasos segundos, Justin me ha cogido como un saco de patatas, como en las típicas películas de dos enamorados. Carcajeo y le doy pequeños golpes en la espalda, pero eso sólo hace que él siga caminando. Coloca la mano en mi trasero y consigue que se activen todas mis alarmas ¡Pip. Pip. Pip. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiip.
— ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! — Pataleo encima de sus hombros. — ¡No me toques el culo, Bieber! — Él sonríe y hace caso omiso mientras empieza a acariciarlo un poco más. — Justin, para… — Una voz ronca y sensual sale de mi boca, como si todos los pensamientos que tenía en mente hace un rato estuvieran surgiendo ahora. Pero por desgracia esto es real, y yo sigo en la calle encima del hombro de Justin. Sólo que ahora también escucho sus carcajadas, sé que he hecho el ridículo. Cállate Sam, no le contestes.
— Eres dura de pelar tigresa. — vuelve a susurrar, y una vez más mi bello se eriza.
Me deja sobre la moto y él se sienta en la parte delantera. Estira el brazo hacia atrás y me acerca más a él, pegando mi pecho a su espalda, como la primera vez
— ¿Sabes? Esto y el tono que has usado antes me hacen darme cuenta de que te mueres por mí. No necesito que me lo admitas.
Y arranca la moto haciendo que no le dé el gusto a responderle , pero de todas maneras, no lo iba a hacer.
— Eres dura de pelar tigresa. — vuelve a susurrar, y una vez más mi bello se eriza.
Me deja sobre la moto y él se sienta en la parte delantera. Estira el brazo hacia atrás y me acerca más a él, pegando mi pecho a su espalda, como la primera vez
— ¿Sabes? Esto y el tono que has usado antes me hacen darme cuenta de que te mueres por mí. No necesito que me lo admitas.
Y arranca la moto haciendo que no le dé el gusto a responderle , pero de todas maneras, no lo iba a hacer.
|| Justin ||
Estamos justo debajo del portal de Sam, que acaba de bajar de la moto. Me apoyo en Estela y me quedo observándola mientras se toca el pelo. Mi madre me dijo que cuando una chica hace eso, es porque está nerviosa. Y me gusta que se sienta así cuando está conmigo, porque es exactamente como me siento yo cuando ella está cerca.
— Bueno… creo que tendría que irme. — dice. Ahora ya no se toca el pelo, sino que se acaricia el brazo. Mueve un poco la pierna y suspira. Quizá esté pensando en cómo despedirse… porque lo cierto es que yo también pienso en eso.
— ¿Y no te despides? — pregunto con retintín una vez que ya he bajado de la moto.
— Claro — sonríe — Adiós. — besa mi mejilla y da media vuelta. El movimiento de caderas que hace al caminar me excita, sé que lo hace para provocarme, y lo peor es que lo consigue. Pero ¿un beso en la mejilla? Ni de coña se va a marchar así.
Me acerco rápidamente a ella y tiro de su brazo. La pillo por sorpresa y cuando la miro a la cara veo que tiene los ojos muy abiertos.
— ¿Qué se supone que haces?
— Obligarte a despedirte como toca. — musito cerca de sus labios. Ya no puedo esperar a que…
— ¿Y cómo se supone que tengo que despedirme? — pregunta pícaramente, interrumpiendo mis pensamientos.
— Tú sabrás. — imito su tono de voz. Ya estoy unos centímetros más cerca. Ella sonríe y también acerca un poco sus labios a mí. Se pone de puntillas para intentar alcanzarme. Nuestros labios a penas se rozan, están a puntito de tocarse cuando siento que ella se separe. Carcajea.
— Ni lo sueñes Bieber. Buenas noches.
Se da media vuelta antes de que me dé tiempo a responder, aún sigo algo paralizado. Cuando decido reaccionar, ella ya ha desaparecido en su portal.
¿Qué acaba de pasar?
— Bueno… creo que tendría que irme. — dice. Ahora ya no se toca el pelo, sino que se acaricia el brazo. Mueve un poco la pierna y suspira. Quizá esté pensando en cómo despedirse… porque lo cierto es que yo también pienso en eso.
— ¿Y no te despides? — pregunto con retintín una vez que ya he bajado de la moto.
— Claro — sonríe — Adiós. — besa mi mejilla y da media vuelta. El movimiento de caderas que hace al caminar me excita, sé que lo hace para provocarme, y lo peor es que lo consigue. Pero ¿un beso en la mejilla? Ni de coña se va a marchar así.
Me acerco rápidamente a ella y tiro de su brazo. La pillo por sorpresa y cuando la miro a la cara veo que tiene los ojos muy abiertos.
— ¿Qué se supone que haces?
— Obligarte a despedirte como toca. — musito cerca de sus labios. Ya no puedo esperar a que…
— ¿Y cómo se supone que tengo que despedirme? — pregunta pícaramente, interrumpiendo mis pensamientos.
— Tú sabrás. — imito su tono de voz. Ya estoy unos centímetros más cerca. Ella sonríe y también acerca un poco sus labios a mí. Se pone de puntillas para intentar alcanzarme. Nuestros labios a penas se rozan, están a puntito de tocarse cuando siento que ella se separe. Carcajea.
— Ni lo sueñes Bieber. Buenas noches.
Se da media vuelta antes de que me dé tiempo a responder, aún sigo algo paralizado. Cuando decido reaccionar, ella ya ha desaparecido en su portal.
¿Qué acaba de pasar?
|| • ||
La luna llena está alta. Unas nubes ligeras bailan en suaves movimientos a su alrededor. Aquí no hay estrellas, sólo puedo divisar un gran lucero al lado de la luna. Ese, que siempre está solo. Ese que a veces desearía ser, para alejarme un poco del mundo y permitirme espacio para pensar. Porque siento que últimamente algo está cambiando en mi vida, que yo mismo quiero cambiar. Pero algo me para.
Acabo de llegar, aquí estoy, justo donde ella me dijo. La busco con la mirada y no tardo casi nada en encontrarla. Esta calle está desierta, algo normal a estas horas de la madrugada, así que no me cuesta demasiado distinguir su figura entre las sombras de la noche. No entiendo qué puede haber pasado, por qué está tirada en el suelo, llorando, casi inconsciente. Corro en su dirección. No soy yo quién manda, mis piernas han tomado voluntad propia, necesitan ayudarme a salvarla. Me siento en la acera, a su lado. Ella no se ha percatado de mi presencia, sigue con la cabeza entre las rodillas flexionadas, con el pelo delante de la cara. Puedo oír sus leves gemidos, como solloza y rompe con el silencio nocturno. No sé por qué, pero verla así me destroza.
Llevo mi mano hasta su rodilla. Algo raro, un sentimiento nuevo, se apodera de mí al sentir el roce de su piel. La acaricio, calmándola. Ella levanta la cabeza, y cuando me reconoce saca una sonrisa de entre las lágrimas.
— Has venido… — dice en un susurro apenas audible. Sonríe de forma triste y yo le devuelvo la sonrisa.
— Claro que sí… — susurro yo también y me acerco un poco más a ella. La rodeo con mi brazo en un intento de abrigarla para que no tenga frío. — No iba a dejarte aquí tirada.
No quiero permanecer más tiempo sentado en esa fría acera, y tampoco creo que sea lo mejor para ella. Está ebria, muy ebria y no creo que sea capaz de moverse por sí misma. Me pongo en pie frente a ella, y con cuidado la ayudo a levantarse. Gime ante el esfuerzo y comprendo que hacerla caminar va a ser imposible.
— Vamos… — susurro. Flexiono las rodillas y paso mi brazo derecho por detrás de ella, colocándolo justo detrás de sus rodillas. El izquierdo lo coloco en su espalda, y al volver a incorporarme la cojo en brazos. No me cuesta demasiado hacerlo, a pesar de que ella no hace ningún tipo de esfuerzo para ayudarme, comienzo a caminar lo más rápido que puedo hasta el coche. Ella se agarra a mi cuello y yo vuelvo a sentir ese cosquilleo cuando sus manos rozan mi nuca. Mantiene los ojos cerrados con fuerza, supongo que en un intento de disipar el terrible dolor de cabeza que debe tener.
Con un extraño movimiento que sería incapaz de repetir, abro la puerta del coche y la coloco con cuidado sobre el asiento trasero, ayudándola a tumbarse.
Una vez hecho esto, entro yo en el coche y me siento en el sitio del conductor. Antes de arrancar ajusto el espejo retrovisor, de forma que pueda verla perfectamente. Parece que está dormida, y descontando el maquillaje corrido por sus mejillas a causa de las lágrimas que ha estado derramando, está preciosa.
Me siento algo idiota ahora mismo. ¿Por qué la miras tanto, Niall?
Enciende de una vez el motor y vete de aquí.
Hago caso a mi propia conciencia y arranco el coche, alejándome de esas calles lo más deprisa que puedo, teniendo en cuenta que ella está borracha y podría marearse y devolver en cualquier momento. No sería agradable tener que limpiar la alfombrilla, y menos aún darle explicaciones a mis padres.
Mierda. Mamá. ¿Qué hago ahora?
Sería imposible llevarla a casa, no podríamos evitar hacer ruido y mamá se despertaría en seguida. Si me ve con ella será la ruina. Ni de broma la dejaría quedarse en casa, la echaría a patadas como si fuera un perro sucio. Es algo cruel decirlo así, pero es lo que ocurriría. Así que opto por llevarla a la casa que tenemos a las afueras de la ciudad, en plena montaña. Allí nunca va nadie de mi familia, a no ser que papá tenga vacaciones. Y como ahora mismo no las tiene, esa casa es el lugar perfecto para llevarla.
Acabo de llegar, aquí estoy, justo donde ella me dijo. La busco con la mirada y no tardo casi nada en encontrarla. Esta calle está desierta, algo normal a estas horas de la madrugada, así que no me cuesta demasiado distinguir su figura entre las sombras de la noche. No entiendo qué puede haber pasado, por qué está tirada en el suelo, llorando, casi inconsciente. Corro en su dirección. No soy yo quién manda, mis piernas han tomado voluntad propia, necesitan ayudarme a salvarla. Me siento en la acera, a su lado. Ella no se ha percatado de mi presencia, sigue con la cabeza entre las rodillas flexionadas, con el pelo delante de la cara. Puedo oír sus leves gemidos, como solloza y rompe con el silencio nocturno. No sé por qué, pero verla así me destroza.
Llevo mi mano hasta su rodilla. Algo raro, un sentimiento nuevo, se apodera de mí al sentir el roce de su piel. La acaricio, calmándola. Ella levanta la cabeza, y cuando me reconoce saca una sonrisa de entre las lágrimas.
— Has venido… — dice en un susurro apenas audible. Sonríe de forma triste y yo le devuelvo la sonrisa.
— Claro que sí… — susurro yo también y me acerco un poco más a ella. La rodeo con mi brazo en un intento de abrigarla para que no tenga frío. — No iba a dejarte aquí tirada.
No quiero permanecer más tiempo sentado en esa fría acera, y tampoco creo que sea lo mejor para ella. Está ebria, muy ebria y no creo que sea capaz de moverse por sí misma. Me pongo en pie frente a ella, y con cuidado la ayudo a levantarse. Gime ante el esfuerzo y comprendo que hacerla caminar va a ser imposible.
— Vamos… — susurro. Flexiono las rodillas y paso mi brazo derecho por detrás de ella, colocándolo justo detrás de sus rodillas. El izquierdo lo coloco en su espalda, y al volver a incorporarme la cojo en brazos. No me cuesta demasiado hacerlo, a pesar de que ella no hace ningún tipo de esfuerzo para ayudarme, comienzo a caminar lo más rápido que puedo hasta el coche. Ella se agarra a mi cuello y yo vuelvo a sentir ese cosquilleo cuando sus manos rozan mi nuca. Mantiene los ojos cerrados con fuerza, supongo que en un intento de disipar el terrible dolor de cabeza que debe tener.
Con un extraño movimiento que sería incapaz de repetir, abro la puerta del coche y la coloco con cuidado sobre el asiento trasero, ayudándola a tumbarse.
Una vez hecho esto, entro yo en el coche y me siento en el sitio del conductor. Antes de arrancar ajusto el espejo retrovisor, de forma que pueda verla perfectamente. Parece que está dormida, y descontando el maquillaje corrido por sus mejillas a causa de las lágrimas que ha estado derramando, está preciosa.
Me siento algo idiota ahora mismo. ¿Por qué la miras tanto, Niall?
Enciende de una vez el motor y vete de aquí.
Hago caso a mi propia conciencia y arranco el coche, alejándome de esas calles lo más deprisa que puedo, teniendo en cuenta que ella está borracha y podría marearse y devolver en cualquier momento. No sería agradable tener que limpiar la alfombrilla, y menos aún darle explicaciones a mis padres.
Mierda. Mamá. ¿Qué hago ahora?
Sería imposible llevarla a casa, no podríamos evitar hacer ruido y mamá se despertaría en seguida. Si me ve con ella será la ruina. Ni de broma la dejaría quedarse en casa, la echaría a patadas como si fuera un perro sucio. Es algo cruel decirlo así, pero es lo que ocurriría. Así que opto por llevarla a la casa que tenemos a las afueras de la ciudad, en plena montaña. Allí nunca va nadie de mi familia, a no ser que papá tenga vacaciones. Y como ahora mismo no las tiene, esa casa es el lugar perfecto para llevarla.
|| Justin ||
Cuando me dirijo hacia mi casa con Estela, decido pasar antes por delante de la casa de Niall, no me apetece entrar en la mía todavía. Pero cuando estoy justo delante de su portal, veo que su coche no está aparcado en la entrada. Qué raro… él no suele salir por las noches, y mucho menos solo. Y sus padres están aquí, porque la luz del salón está encendida y se pueden oír los sonidos de la televisión.
En fin… ya hablaré con él mañana. Espero que no esté haciendo ninguna locura y que esté con Rikki, no con cualquier otra gente.
Vuelvo a subir en mi moto y avanzo los cien metros que hay hasta mi casa. Cuando entro me encuentro a mamá y a papá en el salón. Suspiro. Tengo que aprovechar ahora que están los dos.
— Hola mamá — beso su mejilla. — Papá — sonrío y choco su mano. Después me dejo caer a su lado.
— ¿Qué tal te ha ido el día? — pregunta papá sin despegar los ojos de la pantalla del ordenador.
— Bien. — asiento — Escuchad… he pensado que podríamos quedar con los padres de Brooke para cenar un día de estos juntos. Aquí o en su casa, porque así… — papá me interrumpe.
— ¡Perfecto! Así me gusta, Justin.
— Lo organizaré todo para que vengan mañana — añade mamá.
Finjo entusiasmo y sonrío, pero en realidad quiero irme. Me apetece sentarme bajo ‘’nuestro árbol’’. Ese árbol que hay en el centro del parque al que Niall y yo íbamos de pequeños. Allí puedo dejar la mente en blanco y aclarar mis ideas. ¿Y cuáles son tus ideas, Justin?
Pues no lo sé, conciencia. No tengo ni idea. Pero estoy seguro de algo: sean cuales sean mis planes, Brooke no entra en ellos. Ojala que papá termine rápido todos estos asuntos de negocios, y así yo podré estar tranquilo con… ¿con quién? ¿con quién ibas a decir, Justin? ¿con Sam?
Sí, con Sam. Es divertido estar con ella. Casi parece una versión femenina de mí mismo, y eso me gusta. Ella me gusta.
‘’Ella me gusta’’.
Es la frase que se repite todo el tiempo en mi mente mientras me pongo el pijama, me acuesto y, posteriormente, me duermo.
En fin… ya hablaré con él mañana. Espero que no esté haciendo ninguna locura y que esté con Rikki, no con cualquier otra gente.
Vuelvo a subir en mi moto y avanzo los cien metros que hay hasta mi casa. Cuando entro me encuentro a mamá y a papá en el salón. Suspiro. Tengo que aprovechar ahora que están los dos.
— Hola mamá — beso su mejilla. — Papá — sonrío y choco su mano. Después me dejo caer a su lado.
— ¿Qué tal te ha ido el día? — pregunta papá sin despegar los ojos de la pantalla del ordenador.
— Bien. — asiento — Escuchad… he pensado que podríamos quedar con los padres de Brooke para cenar un día de estos juntos. Aquí o en su casa, porque así… — papá me interrumpe.
— ¡Perfecto! Así me gusta, Justin.
— Lo organizaré todo para que vengan mañana — añade mamá.
Finjo entusiasmo y sonrío, pero en realidad quiero irme. Me apetece sentarme bajo ‘’nuestro árbol’’. Ese árbol que hay en el centro del parque al que Niall y yo íbamos de pequeños. Allí puedo dejar la mente en blanco y aclarar mis ideas. ¿Y cuáles son tus ideas, Justin?
Pues no lo sé, conciencia. No tengo ni idea. Pero estoy seguro de algo: sean cuales sean mis planes, Brooke no entra en ellos. Ojala que papá termine rápido todos estos asuntos de negocios, y así yo podré estar tranquilo con… ¿con quién? ¿con quién ibas a decir, Justin? ¿con Sam?
Sí, con Sam. Es divertido estar con ella. Casi parece una versión femenina de mí mismo, y eso me gusta. Ella me gusta.
‘’Ella me gusta’’.
Es la frase que se repite todo el tiempo en mi mente mientras me pongo el pijama, me acuesto y, posteriormente, me duermo.
|| Niall ||
Aparco justo en la entrada, pero antes de sacarla a ella del coche me acerco a la gran puerta de metal para pulsar la combinación y desactivar la alarma.
Una vez que he pulsado los botones vuelvo a mi coche y abro la puerta trasera. Se ve tan hermosa ahí tumbada, dormida, que me da pena moverla y despertarla. Pero no me queda otra opción, porque no la pienso dejar dormir en el coche.
— Rikki… — acaricio suavemente su rostro y coloco un mechón de su pelo detrás de su oreja, en un intento por hacerla despertar. Me sería imposible sacarla del coche a peso. Pero no responde.
— Rikki, vamos, despierta… — susurro muy cerca de su oído. Parece una niñita pequeña que no está dispuesta a levantarse para ir al colegio, y yo su padre intentando por todos los medios que abra los ojos. Y parece que lo consigo, porque vagamente la veo abrir el ojo izquierdo. Después el derecho. E intenta incorporarse haciendo un esfuerzo, como si pesara doscientos kilos y fuera incapaz de aguantar su propio peso.
Rápidamente conduce su mano hasta su frente y gime. Debe de sentir pinchazos, como si ochenta tambores estuvieran tocando al mismo tiempo dentro de su cabeza.
— ¿Qué pasa? — logra musitar. Su voz suena quebrada y todavía le cuesta vocalizar. Si ahora está así, mañana no podrá ni abrir los ojos.
— Sólo será un momento, necesito que salgas del coche.
Gimiendo cosas que no consigo entender me obedece, y tras unos largos cinco minutos que necesita para ponerse en pie, sale del coche.
Me mira a los ojos y yo me acerco, estrechándola fuertemente contra mí para que no caiga al suelo. Ahora se ve todavía menos capaz de mantener el equilibrio, porque los efectos del alcohol se han mezclado con el sueño y el cansancio que ya llevaba encima. La vuelvo a aupar del mismo modo que antes y nos introducimos silenciosamente en la casa. No hay vecinos que puedan oírnos y que piensen que somos ladrones, pero aún así prefiero no arriesgarme.
Subo los escalones con cuidado, lo último que quiero ahora mismo es caerme encima de ella. Hacía mucho tiempo que no venía aquí, y por un momento me cuesta recordar dónde está la habitación de mis padres. Allí hay una cama de matrimonio donde podré acostarla para que esté más cómoda y tenga más espacio.
La acuesto cuidadosamente en un lado de la cama, pero antes de cubrirla con las sábanas decido quitarle las botas. Dormir con zapatos no es lo más adecuado. Me gustaría poder prestarle un pijama, pero para eso tendría que volver a despertarla y no creo que esta vez me hiciera caso. Además, mi segunda opción sería cambiarla yo y eso no es una opción válida. Yo no puedo desvestirla, y mucho menos sabiendo que está borracha.
Abro la cama y con el mismo cuidado con el que siempre la trato la introduzco dentro, cubriéndole sólo las piernas. Estamos en pleno verano, quizá tenga calor si la tapo hasta arriba. Suspiro por todos los esfuerzos que he hecho esta noche, a pesar de que ella no pese demasiado y sea fácil de manejar.
Me incorporo de nuevo y me dispongo a salir de la habitación para ir a mi cuarto y dormir en mi vieja cama… pero antes de hacerlo volteo para mirarla una última vez.
Duerme plácidamente, con el ceño un poco fruncido, un brazo sobre su pecho y el otro por encima de su cabeza. La luz de la luna entra por la ventana alumbrando su perfil, haciendo que parezca una muñeca blanca de porcelana. Una muñeca hermosa y fina, igual que una princesa. Y al contemplarla así, tan aparentemente inocente, no puedo rechazar la idea de tumbarme a su lado y pasar la noche junto a ella.
Una vez que he pulsado los botones vuelvo a mi coche y abro la puerta trasera. Se ve tan hermosa ahí tumbada, dormida, que me da pena moverla y despertarla. Pero no me queda otra opción, porque no la pienso dejar dormir en el coche.
— Rikki… — acaricio suavemente su rostro y coloco un mechón de su pelo detrás de su oreja, en un intento por hacerla despertar. Me sería imposible sacarla del coche a peso. Pero no responde.
— Rikki, vamos, despierta… — susurro muy cerca de su oído. Parece una niñita pequeña que no está dispuesta a levantarse para ir al colegio, y yo su padre intentando por todos los medios que abra los ojos. Y parece que lo consigo, porque vagamente la veo abrir el ojo izquierdo. Después el derecho. E intenta incorporarse haciendo un esfuerzo, como si pesara doscientos kilos y fuera incapaz de aguantar su propio peso.
Rápidamente conduce su mano hasta su frente y gime. Debe de sentir pinchazos, como si ochenta tambores estuvieran tocando al mismo tiempo dentro de su cabeza.
— ¿Qué pasa? — logra musitar. Su voz suena quebrada y todavía le cuesta vocalizar. Si ahora está así, mañana no podrá ni abrir los ojos.
— Sólo será un momento, necesito que salgas del coche.
Gimiendo cosas que no consigo entender me obedece, y tras unos largos cinco minutos que necesita para ponerse en pie, sale del coche.
Me mira a los ojos y yo me acerco, estrechándola fuertemente contra mí para que no caiga al suelo. Ahora se ve todavía menos capaz de mantener el equilibrio, porque los efectos del alcohol se han mezclado con el sueño y el cansancio que ya llevaba encima. La vuelvo a aupar del mismo modo que antes y nos introducimos silenciosamente en la casa. No hay vecinos que puedan oírnos y que piensen que somos ladrones, pero aún así prefiero no arriesgarme.
Subo los escalones con cuidado, lo último que quiero ahora mismo es caerme encima de ella. Hacía mucho tiempo que no venía aquí, y por un momento me cuesta recordar dónde está la habitación de mis padres. Allí hay una cama de matrimonio donde podré acostarla para que esté más cómoda y tenga más espacio.
La acuesto cuidadosamente en un lado de la cama, pero antes de cubrirla con las sábanas decido quitarle las botas. Dormir con zapatos no es lo más adecuado. Me gustaría poder prestarle un pijama, pero para eso tendría que volver a despertarla y no creo que esta vez me hiciera caso. Además, mi segunda opción sería cambiarla yo y eso no es una opción válida. Yo no puedo desvestirla, y mucho menos sabiendo que está borracha.
Abro la cama y con el mismo cuidado con el que siempre la trato la introduzco dentro, cubriéndole sólo las piernas. Estamos en pleno verano, quizá tenga calor si la tapo hasta arriba. Suspiro por todos los esfuerzos que he hecho esta noche, a pesar de que ella no pese demasiado y sea fácil de manejar.
Me incorporo de nuevo y me dispongo a salir de la habitación para ir a mi cuarto y dormir en mi vieja cama… pero antes de hacerlo volteo para mirarla una última vez.
Duerme plácidamente, con el ceño un poco fruncido, un brazo sobre su pecho y el otro por encima de su cabeza. La luz de la luna entra por la ventana alumbrando su perfil, haciendo que parezca una muñeca blanca de porcelana. Una muñeca hermosa y fina, igual que una princesa. Y al contemplarla así, tan aparentemente inocente, no puedo rechazar la idea de tumbarme a su lado y pasar la noche junto a ella.
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