martes, 15 de mayo de 2012

•Black Diamond• {Capítulo 23}


Quiero marcharme de aquí, desaparecer de este maldito mundo donde todos me ven, pero nadie parece darse cuenta de que necesito ayuda. De que intento aparentar ser algo que en realidad nunca podría llegar a ser, de que no soy feliz aunque mantenga la sonrisa en mi rostro. Mi vida se ha convertido en una terrible rutina de la que quiero deshacerme ya mismo, porque lo necesito. Un cambio, que las cosas vayan a mejor. Algo por lo que sonreír.
Si mi vida ya era demasiado miserable antes, ahora es muchísimo peor. Pero supongo que tendré que resignarme a aguantar a John cada vez que le apetezca, igual que ahora estoy aguantando su atenta y pervertida mirada mientras bailo. Pero ya no puedo más, no puedo seguir moviéndome aquí arriba, las fuerzas comienzan a fallarme y acabaré haciendo el ridículo, cosa que lo enfurecerá todavía más y será peor para mí.
Bajo sin darle explicaciones a Sam, ya hablaré con ella más tarde.
Decido salir por la puerta de detrás, que da a un mugriento y maloliente callejón. Todo está oscuro y durante un segundo quiero dar media vuelta y evitar cruzarlo, pero tengo claro que no puedo volver ahí dentro.
Salgo a la calle principal y avanzo entre la gente. Esta avenida está llena de bares nocturnos que le hacen la competencia al Black Diamond, pero por suerte jamás hemos tenido que preocuparnos de eso. Las personas con las que me cruzo me miran fijamente, algunos con expresión de asco o repugnancia, y otros con ojos brillantes, deseosos. Pero yo los ignoro, los ignoro a todos y sin poder evitarlo noto como las lágrimas comienzan a recorrer mis mejillas. Con esta ropa, estos zapatos, este color de maquillaje… me siento tan sucia. Además, tengo frío, y supongo que debo de verme patética vagando por estas calles sin rumbo, encogida de brazos y temblando. Es lógico que la gente se quede mirándome. Hasta me sorprende que todavía no haya habido ningún viejo verde que me gritara algo.
Me detengo delante de un local pequeño y oscuro. He venido aquí algunas veces, es un buen sitio para emborracharse hasta un punto en el que no llegas a recordar ni tu propio nombre. Y eso es lo que necesito ahora mismo.
Me gustaría volver a ser una niña. Mi única preocupación era que los vestidos de mi muñeca combinaran con sus zapatos, y lo único que necesitaba para olvidarme de todo era una chocolatina. Al principio los brazos de mamá eran lo único que conseguían calmarme cuando lloraba, pero hace más de quince años que no recibo un abrazo suyo. Hace más de tres que no la veo, y no la echo de menos, en absoluto. Eso es algo que permanece presente en mi cabeza: el sentimiento de culpa por no añorarla. Por no añorar nada de mi antigua vida, por seguir prefiriendo esta a pesar de lo dura que me resulta.
Pero las cosas cambian tarde o temprano, y las preocupaciones de ahora son algunas como moverme de forma lo suficientemente sensual, o, de ahora en adelante, satisfacer las necesidades sexuales de John. Y lo que necesito para olvidarme de todo eso no son chocolatinas, más bien algo llamado alcohol.
Sin darle más vueltas entro y rápidamente noto algunas miradas sobre mí. Pero no le doy importancia porque todas las personas que allí se encuentran han dejado de estar sobrias hace tiempo. Se respira un fuerte olor a humo y el ambiente está cargado de un fuerte olor a alcohol mezclado con el del tabaco. No está demasiado lleno pero hay alboroto. Dos hombres se hablan a gritos al fondo, creo que discutiendo sobre una jugada a las cartas. Quien sabe.
Me siento en uno de los taburetes altos de la barra y le pido al camarero que me sirva lo más fuerte que tenga. Mañana por la mañana me arrepentiré cuando tenga un dolor insoportable de cabeza, pero ahora no hay tiempo para arrepentimientos. Sin pensármelo, una vez que tengo el vaso delante me bebo todo el líquido rosado de un solo trago. No puedo evitar que una extraña mueca aparezca en mi cara cuando siento el alcohol bajando, quemándome la garganta. Suspiro. Compruebo que es verdad que esto es lo más fuerte que hay aquí porque en seguida noto sus efectos. Y me gusta, quiero más.
Dos. Tres. Hasta cuatro vasos enteros me bebo en menos de diez minutos. Mi cabeza da vueltas y me cuesta mantenerme recta, pero aún sigo pensando en John, así que necesito más.
— Dame otra… — le pido al camarero. Siento mi lengua pesada y casi no puedo ni vocalizar. Los ojos se me cierran sin mi permiso y siento que si se me ocurre levantarme voy a caerme redonda al suelo.
— Chica, ya has bebido mucho. — me responde. — Vete a casa.
Yo río y le miro obvia.
— Si me levanto voy a desmayarme… — no puedo evitar reírme a carcajadas al escuchar la forma en la que hablo. Apoyo la cabeza contra la barra y sigo riendo, ahora más escandalosamente, atrayendo más miradas.
— Oye… ¿quieres que llame a alguien para que venga a buscarte?
Vuelvo a reír aún más fuerte ignorando lo que acaba de preguntarme, y algunas lágrimas a causa de la risa comienzan a resbalar otra vez por mis mejillas. Sé que estoy llamando la atención pero no me importa. ¿Por qué te ríes tanto, Rikki? Estoy tan sobria como para saber que estoy haciendo el ridículo, pero tan ebria como para que eso no me importe. Dejo de reír y me quedo paralizada pensando en las palabras del camarero… y de repente me doy cuenta de que es demasiado triste que no tenga a nadie a quién llamar para que venga a buscarme. Y ese es uno de los motivos por los que estoy aquí, en este bar, sola, borracha. Desgraciada.
|| • ||
A pesar de que siente que su cabeza va a estallar, hace un esfuerzo por levantarse de la silla y salir de ese maldito bar. Sabe que es el centro de las miradas y no le gusta que la gente se ría de ella. Se maldice a sí misma porque lo único que ha conseguido el alcohol es provocarle unos infernales y mareos. Unos mareos tan intensos que no la dejan mantener el equilibrio y la obligan a caminar tambaleándose. No ha podido olvidarse de nada que tenga que ver con el Black Diamond, ni con John. Abre la puerta y como puede sube los tres escalones que la conducen de nuevo hasta la acera de la calle. Hay más silencio que cuando ha llegado, porque ya empieza a ser tarde. Las calles tan sólo están iluminadas por unas débiles farolas, pero son suficientes para alumbrarle el camino. Aunque lo ve todo borroso, muy borroso, y el suelo da vueltas, y se aleja y se vuelve a acercar constantemente, y tiembla. Camina despacio, apoyándose de vez en cuando en la pared, y en vista de que tarde o temprano terminará cayéndose, decide sentarse en una esquina, envolviendo sus rodillas con los brazos. Apoya la cabeza contra la pared y cierra los ojos lo más fuerte que puede, intentando contener las lágrimas que amenazan con asomarse. Pero esta vez no lo consigue, es más fuerte que ella y sin quererlo comienza a llorar. Suspira y solloza, y por un momento le viene a la mente una imagen, un recuerdo de cuando era pequeña y vivía en casa con sus padres. No fue una época feliz para ella pero esa fue su infancia, y aunque no fuera lo correcto, no se arrepiente de haber abandonado a sus padres. Ellos cometieron muchos errores y Rikki no estaba dispuesta a soportarlo más.
Saca su teléfono móvil dispuesta a llamar a Sam para que vaya a recogerla, en vista de que no puede llegar a casa por sí misma. Antes de haber avanzado más de diez pasos caería al suelo sin poder moverse.
Va bajando por la agenda de contactos en busca del número de su amiga, deteniéndose de vez en cuando y cerrando fuerte los ojos, ya que mirar durante demasiado tiempo seguido la pantalla hace que los mareos aumenten. Aparece delante de ella un número que en ese momento no recordaba tener guardado. Sonríe.
Sin pensárselo demasiado pulsa la tecla verde y coloca el aparato en su oído. Pip. Pip. Pip. Alguien responde.
— ¿Hola? — ella se estremece ligeramente al escuchar su voz.
— ¿Me echas de menos? — pregunta y suelta una carcajada silenciosa al volver a escucharse hablar.
— ¿Rikki? ¿Eres tú?
— Sí — vuelve a reír pero esta vez más fuerte. Después de unos segundos sus carcajadas van disminuyendo hasta desaparecer. Unos segundos en los que él no dice nada, pero sigue pendiente al teléfono, esperando lo que ella, ahora más seria, tiene que decirle. — ¿Vienes a buscarme? — pregunta Rikki en un susurro, juguetona.

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