Deben de ser más o menos las dos y media o las tres de la madrugada cuando llego a casa. Casi la misma hora a la que solemos llegar Rikki y yo cuando volvemos del trabajo. Entro despacio y procurando no hacer ruido para no despertarla, y la veo tumbada en el sofá con la televisión encendida, pero sin volumen. Una vez que he dejado el bolso y las llaves en mi habitación, me acerco para despertarla. Me sabe mal, porque es agradable verla dormir, pero de todas formas tendría que hacerlo para que se fuera a la cama si no quiere tener la espalda rota cuando se levante.
— Rikki… — susurro muy cerca de su oído mientras le acaricio el brazo.
— ¿Ya has llegado? ¿qué hora es? — bosteza y hace ademán de mirar el reloj, pero está demasiado dormida como para ver las manecillas con claridad.
— Las tres de la mañana — contesto divertida.
— ¿Has estado hasta ahora con Justin?
Se incorpora y se obliga a espabilarse para escuchar lo que tengo que contarle. Será de madrugada y puede que ella esté muerta de sueño, pero sigue siendo igual de cotilla que siempre.
— No, él se marchó a casa hace tiempo. Yo he estado por ahí, paseando. Me apetecía tomar el aire nocturno.
Hago una pausa y sonrío, porque sé que ella se muere de ganas de que continúe, pero espero a que me insista.
— ¡Cuéntamelo todo! ¿Qué habéis hecho al estar juntos?
— Un poco de todo.
Entonces me vienen todas las imágenes a la cabeza, casi como si estuviera otra vez allí presente cuando paseábamos por el parque.
— Rikki… — susurro muy cerca de su oído mientras le acaricio el brazo.
— ¿Ya has llegado? ¿qué hora es? — bosteza y hace ademán de mirar el reloj, pero está demasiado dormida como para ver las manecillas con claridad.
— Las tres de la mañana — contesto divertida.
— ¿Has estado hasta ahora con Justin?
Se incorpora y se obliga a espabilarse para escuchar lo que tengo que contarle. Será de madrugada y puede que ella esté muerta de sueño, pero sigue siendo igual de cotilla que siempre.
— No, él se marchó a casa hace tiempo. Yo he estado por ahí, paseando. Me apetecía tomar el aire nocturno.
Hago una pausa y sonrío, porque sé que ella se muere de ganas de que continúe, pero espero a que me insista.
— ¡Cuéntamelo todo! ¿Qué habéis hecho al estar juntos?
— Un poco de todo.
Entonces me vienen todas las imágenes a la cabeza, casi como si estuviera otra vez allí presente cuando paseábamos por el parque.
— ¿No quieres que vayamos a por un helado?
— Creo que a Niall le apetecerá estar solo con tu amiga, ya sabes. Si nos ve se pondrá nervioso.
Asiento y le doy la razón mientras seguimos caminando por el verde paseo. Durante un segundo siento el impulso de cogerle la mano y caminar como una pareja de algo más que amigos. Pero sé que no tengo que hacerlo, al menos no todavía. De repente, me viene de nuevo a la mente una pregunta que lleva días rondándome la cabeza. En teoría no es asunto mío, pero no puedo evitar que me mate la curiosidad. Y, para qué engañarnos, necesito saberlo.
— Justin, ¿sigues con Brooke?
La pregunta le pilla por sorpresa, y eso es fácil notarlo en su expresión. Afloja un poco el paso y se pone serio.
— No. No he hablado con ella desde esa noche en el restaurante.
— Ah. — Justo después de decir eso, una gran carcajada sale de mi boca sin que yo pueda hacer nada para controlarlo. Recordar la cara que puso Justin cuando Rikki apareció es algo digno de recordar. Y después está la histeria de Michelle. Estuvo mal y una parte de mí se arrepiente, pero es demasiado divertido como para intentar reprimir la risa. Y él tampoco puede, porque a pesar de que en aquel momento no le hizo nada de gracia, ahora supongo que lo ve como un anécdota más.
— ¡No te rías! Pasé uno de los peores ratos de mi vida, y todo por tu culpa, ¿sabes?
— Te lo tenías merecido. — me detengo y lo acuso con mi dedo índice. — Además, esa rubia de bote es un poco huequita, ¿no crees?
— Claro, y usted es mucho más inteligente, ¿no, señorita Sheffer?
Vacilo y elevo una ceja antes de contestar.
— No te quepa duda, Bieber.
Comienzo a caminar delante de él agitando las caderas, porque sé que de un momento a otro me alcanzará. Y no me equivoco, sólo que lo hace de una forma inesperada. Siento sus manos en la cintura y su aliento cerca de mi oído.
— No me cabe duda.
Pum. Corazón paralizado.
— Sigo sin entender por qué no intentaste arreglar las cosas con ella. — susurro. Y le cuesta oírme, teniendo en cuenta que estamos en medio de la calle, con los ruidos típicos de coches, pajaritos, niños riendo y sus madres corriendo detrás de ellos.
— A lo mejor es que yo pienso lo mismo que tú. Puede que haya una chica mejor que ella.
— ¿Alguien mejor que Brooke? ¿eso existe? — pregunto irónica. Él ríe y vuelve a ponerse a mi lado. Decido que lo mejor será comportarme como si esto último no hubiera pasado. Como si sus manos no hubieran tocado mi cintura, porque eso me pone nerviosa y noto cómo se me eriza la piel.
Después, es él quien comienza a caminar y me adelanta.
— ¿Vienes? — pregunta con una sonrisa.
Sam, idiota, deja de asentir y camina. Tiene que haber alguna forma de no sentirme así cada vez que sonríe.
— Creo que a Niall le apetecerá estar solo con tu amiga, ya sabes. Si nos ve se pondrá nervioso.
Asiento y le doy la razón mientras seguimos caminando por el verde paseo. Durante un segundo siento el impulso de cogerle la mano y caminar como una pareja de algo más que amigos. Pero sé que no tengo que hacerlo, al menos no todavía. De repente, me viene de nuevo a la mente una pregunta que lleva días rondándome la cabeza. En teoría no es asunto mío, pero no puedo evitar que me mate la curiosidad. Y, para qué engañarnos, necesito saberlo.
— Justin, ¿sigues con Brooke?
La pregunta le pilla por sorpresa, y eso es fácil notarlo en su expresión. Afloja un poco el paso y se pone serio.
— No. No he hablado con ella desde esa noche en el restaurante.
— Ah. — Justo después de decir eso, una gran carcajada sale de mi boca sin que yo pueda hacer nada para controlarlo. Recordar la cara que puso Justin cuando Rikki apareció es algo digno de recordar. Y después está la histeria de Michelle. Estuvo mal y una parte de mí se arrepiente, pero es demasiado divertido como para intentar reprimir la risa. Y él tampoco puede, porque a pesar de que en aquel momento no le hizo nada de gracia, ahora supongo que lo ve como un anécdota más.
— ¡No te rías! Pasé uno de los peores ratos de mi vida, y todo por tu culpa, ¿sabes?
— Te lo tenías merecido. — me detengo y lo acuso con mi dedo índice. — Además, esa rubia de bote es un poco huequita, ¿no crees?
— Claro, y usted es mucho más inteligente, ¿no, señorita Sheffer?
Vacilo y elevo una ceja antes de contestar.
— No te quepa duda, Bieber.
Comienzo a caminar delante de él agitando las caderas, porque sé que de un momento a otro me alcanzará. Y no me equivoco, sólo que lo hace de una forma inesperada. Siento sus manos en la cintura y su aliento cerca de mi oído.
— No me cabe duda.
Pum. Corazón paralizado.
— Sigo sin entender por qué no intentaste arreglar las cosas con ella. — susurro. Y le cuesta oírme, teniendo en cuenta que estamos en medio de la calle, con los ruidos típicos de coches, pajaritos, niños riendo y sus madres corriendo detrás de ellos.
— A lo mejor es que yo pienso lo mismo que tú. Puede que haya una chica mejor que ella.
— ¿Alguien mejor que Brooke? ¿eso existe? — pregunto irónica. Él ríe y vuelve a ponerse a mi lado. Decido que lo mejor será comportarme como si esto último no hubiera pasado. Como si sus manos no hubieran tocado mi cintura, porque eso me pone nerviosa y noto cómo se me eriza la piel.
Después, es él quien comienza a caminar y me adelanta.
— ¿Vienes? — pregunta con una sonrisa.
Sam, idiota, deja de asentir y camina. Tiene que haber alguna forma de no sentirme así cada vez que sonríe.
Entonces ya no estoy en el parque, ni con Justin. Ahora estoy en el sofá de mi casa con Rikki, que me mira esperando que le cuente la parte más interesante. Lo que en teoría tiene que venir ahora. El problema es que no hay nada más que contar.
— ¿Y ya está? ¿Un beso en los labios?
— Tenía que irse, su madre lo llamó.
Entonces ella comienza a reír, y las dos empezamos una extraña representación de cómo deben de ser los familiares de Justin y Niall. Por alguna razón los imaginamos como los típicos padres estirados que salen en las películas. Esos que siempre van con la espalda recta como si fueran palos, y hablan pausadamente. Rikki finge tomar el té y vuelve a carcajear.
Luego comienza una guerra de cojines entre nosotras, en las que también hay gritos y más risas. Seguramente los vecinos de la otra manzana también deben de estar oyéndonos, pero eso no es motivo para que paremos.
— ¡Ah! ¡eres una bruta! — Rikki vuelve a carcajear y se tira en el sofá, sujetándose el brazo. — ¡Me has hecho daño!
— Bah, no será para tanto, exagerada. Lo que pasa es que sabes que no puedes conmigo.
— Ah, crees que no, ¿eh?
No me da tiempo a escuchar la frase entera cuando ya la tengo encima de mí, acosándome con cosquillas y haciendo que me cueste respirar.
Aprovecho un momento de debilidad y me lanzo sobre ella, repitiendo sus movimientos y consiguiendo que me suplique cuando ve que se queda sin aliento.
Después de una hora, más o menos, las dos estamos jadeando, incapaces de seguir moviéndonos.
— Estás roja. — carcajeo débilmente.
— Tú también. — suspira.
— No me has contado qué has hecho tú con Niall. — me dejo caer sobre el sofá y ella me imita, sonriendo, como siempre que el nombre del rubio aparece en la conversación.
— No hemos hecho nada interesante… sólo hemos tomado un helado en nuestra heladería.
— ¿Y no le has besado?
— ¿Cómo iba a besarle? ¿te has vuelto loca?
— ¿Quién eres tú? ¿dónde está Rikki? — pregunto muy seria. No puedo creer que haya dicho algo así, cuando normalmente terminan todos a sus pies cuando ya llevan una hora con ella.
— Sabes que Niall es… diferente — me explica — no creo que quiera otra cosa que amistad.
— Claro… y tú y yo todavía somos vírgenes. Rikki, por favor.
— ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué lo ate a la cama? — carcajea pero yo noto nervios en su mirada. Y creo que entiendo lo que le pasa.
— ¿No será que te gusta demasiado?
— No… sí… mira, no lo sé. Y no quiero saberlo. Me voy a dormir — se acerca y me besa la mejilla. — Buenas noches, Sam.
Y desaparece por el pasillo con un humor completamente diferente al que tenía hace diez minutos. Me ha mentido, sí que lo sabe. Igual que yo también lo sé. Que ellos han llegado para poner nuestra vida patas arriba, para cambiarnos todos los esquemas. Y lo están consiguiendo, no saben hasta qué punto.
Siento un impulso de ir detrás con ella y quedarnos toda la noche hablando, desahogándonos y expresando todo lo que sentimos. Llorando, si hace falta. Pero no, la conozco demasiado como para saber que ella no quiere hablar sobre el tema. Porque si hay algo que sé, es que no es tonta. Y como no es tonta, es consciente de que enamorarse de Niall es lo peor que podría hacer ahora mismo. Porque todo son inconvenientes frente a las pocas ventajas que hay. Y resulta irónico que yo esté dándome lecciones a mí misma sobre los inconvenientes del amor. Yo, hablando del amor como si conociese perfectamente la situación, a pesar de que nunca me he enamorado.
— ¿Y ya está? ¿Un beso en los labios?
— Tenía que irse, su madre lo llamó.
Entonces ella comienza a reír, y las dos empezamos una extraña representación de cómo deben de ser los familiares de Justin y Niall. Por alguna razón los imaginamos como los típicos padres estirados que salen en las películas. Esos que siempre van con la espalda recta como si fueran palos, y hablan pausadamente. Rikki finge tomar el té y vuelve a carcajear.
Luego comienza una guerra de cojines entre nosotras, en las que también hay gritos y más risas. Seguramente los vecinos de la otra manzana también deben de estar oyéndonos, pero eso no es motivo para que paremos.
— ¡Ah! ¡eres una bruta! — Rikki vuelve a carcajear y se tira en el sofá, sujetándose el brazo. — ¡Me has hecho daño!
— Bah, no será para tanto, exagerada. Lo que pasa es que sabes que no puedes conmigo.
— Ah, crees que no, ¿eh?
No me da tiempo a escuchar la frase entera cuando ya la tengo encima de mí, acosándome con cosquillas y haciendo que me cueste respirar.
Aprovecho un momento de debilidad y me lanzo sobre ella, repitiendo sus movimientos y consiguiendo que me suplique cuando ve que se queda sin aliento.
Después de una hora, más o menos, las dos estamos jadeando, incapaces de seguir moviéndonos.
— Estás roja. — carcajeo débilmente.
— Tú también. — suspira.
— No me has contado qué has hecho tú con Niall. — me dejo caer sobre el sofá y ella me imita, sonriendo, como siempre que el nombre del rubio aparece en la conversación.
— No hemos hecho nada interesante… sólo hemos tomado un helado en nuestra heladería.
— ¿Y no le has besado?
— ¿Cómo iba a besarle? ¿te has vuelto loca?
— ¿Quién eres tú? ¿dónde está Rikki? — pregunto muy seria. No puedo creer que haya dicho algo así, cuando normalmente terminan todos a sus pies cuando ya llevan una hora con ella.
— Sabes que Niall es… diferente — me explica — no creo que quiera otra cosa que amistad.
— Claro… y tú y yo todavía somos vírgenes. Rikki, por favor.
— ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué lo ate a la cama? — carcajea pero yo noto nervios en su mirada. Y creo que entiendo lo que le pasa.
— ¿No será que te gusta demasiado?
— No… sí… mira, no lo sé. Y no quiero saberlo. Me voy a dormir — se acerca y me besa la mejilla. — Buenas noches, Sam.
Y desaparece por el pasillo con un humor completamente diferente al que tenía hace diez minutos. Me ha mentido, sí que lo sabe. Igual que yo también lo sé. Que ellos han llegado para poner nuestra vida patas arriba, para cambiarnos todos los esquemas. Y lo están consiguiendo, no saben hasta qué punto.
Siento un impulso de ir detrás con ella y quedarnos toda la noche hablando, desahogándonos y expresando todo lo que sentimos. Llorando, si hace falta. Pero no, la conozco demasiado como para saber que ella no quiere hablar sobre el tema. Porque si hay algo que sé, es que no es tonta. Y como no es tonta, es consciente de que enamorarse de Niall es lo peor que podría hacer ahora mismo. Porque todo son inconvenientes frente a las pocas ventajas que hay. Y resulta irónico que yo esté dándome lecciones a mí misma sobre los inconvenientes del amor. Yo, hablando del amor como si conociese perfectamente la situación, a pesar de que nunca me he enamorado.
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