lunes, 7 de mayo de 2012

•Black Diamond• {Capítulo 13}


No pienso responderle al mensaje. Al menos no hoy, dejaré que sufra durante un par de horas. Admito que no acerté al contárselo a Rikki, pero él tampoco fue justo al echarme en cara que no fui capaz de mantener a Natalie a mi lado. Aunque de todas formas no me apetece pensar en eso, no por ahora.
Pienso en lo que ocurrió en su cita. Sin duda una noche entretenida. Bueno, en el fondo creo que él se merecía que le pasara algo así. Yo le advertí que con estas cosas no podía jugar de esta forma, y me alegro de haber tenido razón.
Pero supongo que Justin también tenía razón al decirme que mejor que no le contara nada a nadie, era demasiado fácil que llegara a oídos de Brooke, y aunque ahora no sabe nada del verdadero motivo por el que conocemos a esas chicas, pronto terminará sabiéndolo. Pero yo no le hice caso. Por algún motivo que ahora no consigo recordar, pensé que no iba a suponer ningún problema que Rikki lo supiera. Me olvidé de que es una chica, y que las chicas son cotillas por naturaleza. Y yo me comporté como un niño pequeño, ingenuo e iluso. Cuando los niños se conocen en el jardín de infancia, tan sólo necesitan dos minutos juntos para convertirse en los mejores amigos del mundo, e inmediatamente confían los unos en los otros para contarse secretos. Y yo fui así con ella. Porque los únicos ratos que hemos pasado juntos han sido dos, uno de ellos, el primero, demasiado incómodo y vergonzoso. Y a pesar de que el haber pasado la tarde con ella me hizo verla de otra forma, ahora me doy cuenta de que calladito estoy más guapo. ¿Qué esperabas, Niall? Era evidente que no iba a callarse. Siendo sincero, yo tampoco me habría callado si esto hubiera sido al revés, y fuera Sam la que hubiera utilizado a Justin. Pero una vez más, creo que tiene razón mamá. Puede que tenga dieciocho años y que no me quede demasiado para cumplir los diecinueve, pero en el fondo sigo siendo un niño pequeño. Y quiero que eso cambie… el problema es que no sé cómo.
Una solución podría ser llamarla y hacer que se disculpe conmigo. Conmigo y con Justin, sobretodo con Justin. En realidad a mí no me ha hecho nada… tan sólo provocar que mi mejor amigo tenga ganas de matarme. Casi nada.
El problema es que yo, tan inteligente como siempre, me deshice de su número de teléfono al volver de la playa. Creía que no lo iba a necesitar más, pero está claro que es verdad eso que dicen, que cuando te hayas deshecho de una cosa porque crees que es inútil, es cuando le encuentras la utilidad. Pero rebuscar entre la basura no es uno de mis propósitos esta tarde… así que opto por emprender un paseo hasta su barrio. Me dirijo con un paso algo rápido al mismo lugar al que fuimos Justin y yo la otra vez, cuando quedamos con ellas. Supongo que siguiendo el mismo camino que ellas hicieron para venir hasta nosotros, encontraré su casa y podré hablar con ella. O, de todas formas, seguro que si le pregunte a cualquier hombre que pase por ahí sabe decirme donde viven. Dos chicas como ellas no podrían pasar desapercibidas.
Una vez que llego al muro donde estuvimos esperando la otra vez, me fijo en la calle que tengo delante. Ellas aparecieron al torcer esa esquina, así que supongo que su casa debe de estar por los alrededores.
Vuelvo a caminar otra vez, y me encuentro a un vagabundo sentado en el suelo, pidiendo algo de limosna para poder comprar comida, o quién sabe qué. Si te paras a pensarlo es injusto que todo esté tan mal repartido. Unos tanto y otros tan poco… Sin duda no es para nada, pero para nada justo. Al pasar justo por delante, me detengo enfrente de él y sin pensármelo demasiado deposito cinco libras dentro de la mugrienta gorra que sostiene en su débil brazo. Seguramente estará acostumbrado a que la gente le deje los míseros centavos que tienen sueltos por la cartera, porque al darse cuenta del dinero que le acabo de dejar, levanta la vista y me sonríe tiernamente. Le devuelvo la sonrisa intentando disimular las sensaciones desagradables que me produce su sonrisa. El pobre tan sólo tiene tres dientes, dos de ellos negros. Aparto la mirada y sigo mi camino, girando la esquina que marca el final de la calle.
Finalmente me detengo delante de un edificio antiguo, con una fachada que debería ser blanca pero que comienza a ser marrón a causa del desgaste de la pintura. Imagino que este debe de ser el piso donde viven, porque el resto de edificios que hay por aquí son almacenes, la mayoría abandonados.
Me detengo frente al portal, y observo la escalera desde fuera. Se notan los años que ese edificio lleva ahí situado, ya que las escaleras son de madera, algunas algo carcomidas. Parecen las típicas escaleras crujientes de las películas de terror. Pienso en mamá, si ella viera esto no podría evitar traerse todos sus productos de limpieza para dejar este portal como una patena. Pero una vez más, eso tampoco sería justo. Está claro que mi familia y yo no estamos en las mismas condiciones que ellas.
Me doy cuenta de que parezco un auténtico imbécil parado delante del portal sin decidirme a entrar. Y justo cuando voy a hacerlo escucho el sonido de unos pasos bajando por las escaleras. Mierda ¿qué hago? ¿y si es ella?
Me aparto rápidamente de la entrada y me escondo detrás de un poste eléctrico que hay a unos dos metros de allí. Parezco un niño pequeño escondiéndose de un monstruo, sólo que ahora no es ningún monstruo. Levanto la mirada, y creo reconocer a Sam saliendo del piso. Suspiro, menos mal que está yéndose por la dirección contraria a la que estoy yo.
Una vez que está lo suficientemente alejada como para verme salgo de mi ridículo escondite y vuelvo al portal. ¿Qué ha sido eso? ¿Por qué he tenido que esconderme? Esto demuestra lo patético que soy, y es que no sé por qué pero no me gustaría que nadie me viera aquí.
Pronto me doy cuenta de que parezco un imbécil reflexionando sobre tonterías delante de un portal, sin decidirme a entrar o a marcharme. Pero he llegado hasta aquí y ahora no voy a irme, total, sólo vengo a hablar con Rikki, no es nada importante.
Suspiro y entro. La débil bombilla que cuelga de unos cables que salen del techo es suficiente para iluminarme bien las escaleras. A medida que subo me fijo en las agrietadas paredes. ¿Habrá alguien más que viva aquí?
Paso la primera planta y veo dos puertas de madera antigua. A juzgar por el óxido de las cerraduras, parece que llevan años sin abrirse. Desde luego no parece un edificio demasiado seguro, da la impresión de que en cualquier momento podría derrumbarse. Sigo subiendo los escalones lo más pegado a la pared que puedo, pero sin rozarla. Sonaré algo repelente pero no me gustaría ensuciarme el polo.
Pero espera… ¿a dónde voy? Sé que este es el lugar donde viven pero no sé cuál es su piso, y me niego a ir tocando uno por uno hasta que me abra ella. Aunque por otra parte no creo que me fueran a abrir en ninguna otra vivienda, todas parecen vacías, no se escuchan voces detrás de ninguna puerta. En el segundo piso me encuentro delante de dos puertas más de madera. Llego a la conclusión de que tiene que ser una de esas dos, porque echando un vistazo hacia arriba, veo que las escaleras que siguen subiendo conducen a la puerta de la azotea. Suspiro y vuelvo la vista a las dos puertas. Supongo que la solución será elegir una y tocar, a ver quién sale. Me acerco a la de la derecha dispuesto a tocar, pero justo entonces llega a mis oídos una música que proviene de la casa de la izquierda. Imagino que debe ser ella, Rikki, porque esa canción se parece a las que suelen poner en el Black Diamond.
Un escalofrío recorre mi cuerpo cuando toco el timbre, y casi puedo oír los latidos de mi corazón, que amenaza con salirse de mi pecho. Se escuchan los ruidos de la cerradura y seguidamente se abre la puerta. Aparece una Rikki alegre, sonriendo y moviéndose todavía al ritmo de la canción que acaba de quitar para abrirme la puerta. En menos de medio segundo he comprobado que su camiseta de tirantes deja ver la mitad de su barriga, del obligo hacia abajo. Y que los minipantalones de chándal que lleva también dejan al descubierto sus largas piernas. También me fijo en que va descalza, y que sujeta un trapo blanco en la mano.
— ¿Niall? — Sonríe pero al mismo tiempo frunce el ceño, sin entender qué hago en su casa. Y ahora que lo pienso me doy cuenta de que no tenía que haber venido. — Pasa, no te quedes ahí.
Abre un poco más la puerta y yo asiento. La obedezco y entro en su casa, pudiendo ver que el orden no es una de sus virtudes, pero al menos está todo limpio.
— ¿Qué haces aquí? — pregunta extrañada. Deja el trapo sobre una mesa y se acerca a mí.
— ¿Te molesto?
— ¡Claro que no! — responde enérgica y vuelve a sonreír. — Sólo estaba limpiando, pero supongo que podré hacerlo más tarde. — Yo sonrío. — Siéntate.
Señala el sofá y rápidamente se acerca para retirar unas cuantas camisetas y pantalones que están tirados sobre él. Vuelvo a obedecerla y ella se sienta a mi lado. Odio esto, odio no saber qué decir ni tampoco la forma en la que decirlo. Parezco algo gilipollas.
— Yo quiero hablar contigo, Rikki. — digo por fin lo más serio que puedo. No estoy enfadado pero al menos quiero aparentar estarlo un poco. Ella ríe, y por un momento estoy apunto de sonreír. Me gusta su vitalidad, parece que siempre está contenta.
— Hablas como si se hubiera muerto alguien — contesta divertida. ‘’No, pero el que ha estado apunto de morir he sido yo’’, pienso. Me mira a los ojos y observa que mi expresión es algo más seria, y se calma un poco dejando de sonreír tanto, pero aún conservando una expresión algo alegre.
— ¿Por qué hicisteis eso Sam y tú? — decido ir directo al grano, porque me conozco, y el hecho de tenerla delante me pone tan nervioso que si empiezo a andarme por las ramas no terminaré nunca. Ella está a punto de hablar pero no la dejo. — Era una cita importante para Justin, le gusta mucho Brooke, ¿sabes?
— Y entonces si tanto le gusta, ¿por qué quería tirarse a Sam? — responde. Ahí me ha pillado y no sé qué decir, básicamente porque tiene razón. — Mira, Nialler… — se acomoda todavía más y coloca una mano en mi muslo. Algo se activa dentro de mí. — Yo no tengo nada que ver con las historias de Sam y tu amiguito, ¿sabes? Yo sólo la ayudé. Si has venido para echarme una charla como si fueras mi padre, mejor vete. — Se levanta, coge el trapo y comienza a limpiar la pantalla del televisor. Mierda. Yo no quiero que esté enfadada conmigo.
— Yo no he venido para comportarme como tu padre… — musito.
— Ah, entonces supongo que habrás venido para verme a mí. — responde divertida. Escucho unas carcajadas silenciosas provenientes de ella. Yo sonrío también y miro al suelo. No sé cómo pero siempre termina poniéndome más nervioso de lo que en realidad estoy… y eso no es del todo bueno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario