Ya estaba bien entrada la mañana y el cielo seguía claro, como la mayor parte de los días en la ciudad. Sam y Rikki se habían decidido a dar una vuelta por el centro, ya tenían bastante dinero ahorrado de su trabajo en el Black Diamond y podían permitirse comprarse algo de ropa. Ambas estaban felices, quizá Rikki lo estuviera más, ya que aunque no lo admitiera, la llegada de Niall a su vida le había hecho recuperar un poquito de la ilusión. Ilusión porque era la primera vez en mucho tiempo que conocía a un chico así, tímido, tranquilo. En definitiva, alguien que no intentaba obtener eso de ella, alguien que la respetaba. Por otro lado, Sam seguía dándole vueltas al tema de Justin. No se podía creer que fuera virgen y que quisiera acostarse con ella sólo para coger práctica. Aunque, pensándolo bien ¿qué mas le d a ella? Mucho, por más que lo niegue le importa mucho. Rikki se fija en la expresión de su amiga y se pregunta si estaría pensando en Justin al igual que ella lo hace con Niall, pero no lo duda ni un solo instante.
Un grupo de chicos con los que se cruzan les dedican algunos silbidos, miradas y gestos. Ellas comienzan a reír. La verdad es que están más que acostumbradas a los babosos, por su trabajo en el Black Diamond. Pero es distinto, ahí en la calle, aún vestidas con blusas, vaqueros y zapatos planos, son capaces de llamar la atención de todos los chicos. Se sonríen cómplices entre ellas, y deciden seguir caminando sin prestarles atención. Hoy no van a pensar en chicos ni en nada que tenga que ver con ellos, o al menos eso van a intentar.
Caminan distraídas, mirando el paisaje, observando los coches pasar, o escuchando como cantan los pajaritos. Respiran el aire de la ciudad, que no está demasiado contaminado gracias al bosque que la rodea.
Una vez que llegan al centro de la ciudad, deciden comenzar a mirar las tiendas que hay en una de las avenidas principales. Ahí es donde se encuentran sus tiendas favoritas, y por suerte la ropa no es demasiado cara ahí.
Empezaron por la primera tienda de todas, una de zapatos. Las dos salieron de ahí con un par cada una. La siguiente fue una tienda de maquillaje. Se sentían como en el paraíso, rodeadas de pintauñas y pintalabios de todos los colores, y sombras de todos los tonos. Pero deciden no comprar nada, ya que tienen suficientes de todos esos. Sus próximas paradas fueron todas y cada una de las tiendas que había dentro del centro comercial.
Tras unas cuántas discusiones sobre qué tienda visitar primero, risas, miradas, comentarios y más risas, ambas terminaron cargadas con seis o siete bolsas cada una. En cada uno de los comercios que han entrado han hecho lo mismo. Cada una ha cogido todas las prendas que le gustaban, y una vez que lo tenían todo, entraban a los probadores para poder hacer un pequeño pase de modelos. Se probaban e intercambiaban prendas según como les quedara a cada una. De todas formas daría igual quién se comprara qué, porque desde siempre han compartido la ropa. Su forma de comportarse atraía las miradas curiosas de muchos de los clientes que había, sobretodo los hombres. Las mujeres se limitaban a mirarlas con muecas de desprecio, puede que por envidia al verlas jóvenes, guapas y divertidas. Las dependientas se acercaban de vez en cuando para pedirles que bajaran el tono de voz, y las observaban atentas vigilando que ninguna robara nada.
Los días como este solamente tenían lugar unas dos veces cada cuatro o cinco meses, cuando podían permitir gastarse algo de sus ahorros.
— Rikki, ¿te apetece ir al starbucks? — pregunta Sam mientras bajan por las escaleras mecánicas.
— Sí — dice suspirando — también me ha entrado hambre.
Aún es pronto para comer, pero si a la mañana de compras le sumamos el calor que hace por estar en pleno agosto, le abre el apetito a cualquiera.
Bajan a la primera planta y entran en el starbucks. Desde la entrada ven que está lleno hasta arriba, pero justo antes de que decidan marcharse a otro lugar para almorzar se vacía una mesa en la que había tres mujeres sentadas. Rikki y Sam sonríen y toman asiento.
Sam elige sólo un frapuccino mientras que Rikki pide un café con nata y un donut de chocolate. Es una chica con un gran apetito, y nunca se corta cuando de verdad tiene hambre.
— Oye, ¿te apetece que vayamos a dar una vuelta por la universidad? Así podríamos ver los jardines y eso… — propone Sam. Rikki sonríe cuando termina de tragarse el donut, en modo de aprobación.
Un grupo de chicos con los que se cruzan les dedican algunos silbidos, miradas y gestos. Ellas comienzan a reír. La verdad es que están más que acostumbradas a los babosos, por su trabajo en el Black Diamond. Pero es distinto, ahí en la calle, aún vestidas con blusas, vaqueros y zapatos planos, son capaces de llamar la atención de todos los chicos. Se sonríen cómplices entre ellas, y deciden seguir caminando sin prestarles atención. Hoy no van a pensar en chicos ni en nada que tenga que ver con ellos, o al menos eso van a intentar.
Caminan distraídas, mirando el paisaje, observando los coches pasar, o escuchando como cantan los pajaritos. Respiran el aire de la ciudad, que no está demasiado contaminado gracias al bosque que la rodea.
Una vez que llegan al centro de la ciudad, deciden comenzar a mirar las tiendas que hay en una de las avenidas principales. Ahí es donde se encuentran sus tiendas favoritas, y por suerte la ropa no es demasiado cara ahí.
Empezaron por la primera tienda de todas, una de zapatos. Las dos salieron de ahí con un par cada una. La siguiente fue una tienda de maquillaje. Se sentían como en el paraíso, rodeadas de pintauñas y pintalabios de todos los colores, y sombras de todos los tonos. Pero deciden no comprar nada, ya que tienen suficientes de todos esos. Sus próximas paradas fueron todas y cada una de las tiendas que había dentro del centro comercial.
Tras unas cuántas discusiones sobre qué tienda visitar primero, risas, miradas, comentarios y más risas, ambas terminaron cargadas con seis o siete bolsas cada una. En cada uno de los comercios que han entrado han hecho lo mismo. Cada una ha cogido todas las prendas que le gustaban, y una vez que lo tenían todo, entraban a los probadores para poder hacer un pequeño pase de modelos. Se probaban e intercambiaban prendas según como les quedara a cada una. De todas formas daría igual quién se comprara qué, porque desde siempre han compartido la ropa. Su forma de comportarse atraía las miradas curiosas de muchos de los clientes que había, sobretodo los hombres. Las mujeres se limitaban a mirarlas con muecas de desprecio, puede que por envidia al verlas jóvenes, guapas y divertidas. Las dependientas se acercaban de vez en cuando para pedirles que bajaran el tono de voz, y las observaban atentas vigilando que ninguna robara nada.
Los días como este solamente tenían lugar unas dos veces cada cuatro o cinco meses, cuando podían permitir gastarse algo de sus ahorros.
— Rikki, ¿te apetece ir al starbucks? — pregunta Sam mientras bajan por las escaleras mecánicas.
— Sí — dice suspirando — también me ha entrado hambre.
Aún es pronto para comer, pero si a la mañana de compras le sumamos el calor que hace por estar en pleno agosto, le abre el apetito a cualquiera.
Bajan a la primera planta y entran en el starbucks. Desde la entrada ven que está lleno hasta arriba, pero justo antes de que decidan marcharse a otro lugar para almorzar se vacía una mesa en la que había tres mujeres sentadas. Rikki y Sam sonríen y toman asiento.
Sam elige sólo un frapuccino mientras que Rikki pide un café con nata y un donut de chocolate. Es una chica con un gran apetito, y nunca se corta cuando de verdad tiene hambre.
— Oye, ¿te apetece que vayamos a dar una vuelta por la universidad? Así podríamos ver los jardines y eso… — propone Sam. Rikki sonríe cuando termina de tragarse el donut, en modo de aprobación.
Después de unos diez minutos en los que terminan de tomarse lo que habían pedido, y pagar, salen del starbucks con rumbo a la universidad en la que en un futuro, si todo va bien, podrán estudiar sus carreras.
Aprovechando que la universidad se encuentra al otro lado de la ciudad, se les ocurre pasar antes por casa para dejar todas las bolsas que llevan, y así no ir tan cargadas. Sería demasiado incómodo pasearse por la ciudad de esa forma.
— El otro día estaba pensando… — dice Sam — ya sé que aún queda mucho para eso, pero ¿qué le diremos a John cuando queramos dejar el trabajo?
— No lo sé… pero no le hará demasiada gracia. — inquiere Rikki.
El curso en la universidad de Londres comienza en enero, para eso aún quedan seis meses, ya habrá tiempo de pensarlo y de planear bien como hacerlo. O al menos eso es lo que piensa Rikki, pero muy en el fondo sabe que nada de eso valdrá. Dejar sus puestos va a ser fácil, lo difícil será quitarse a John de encima.
Aprovechando que la universidad se encuentra al otro lado de la ciudad, se les ocurre pasar antes por casa para dejar todas las bolsas que llevan, y así no ir tan cargadas. Sería demasiado incómodo pasearse por la ciudad de esa forma.
— El otro día estaba pensando… — dice Sam — ya sé que aún queda mucho para eso, pero ¿qué le diremos a John cuando queramos dejar el trabajo?
— No lo sé… pero no le hará demasiada gracia. — inquiere Rikki.
El curso en la universidad de Londres comienza en enero, para eso aún quedan seis meses, ya habrá tiempo de pensarlo y de planear bien como hacerlo. O al menos eso es lo que piensa Rikki, pero muy en el fondo sabe que nada de eso valdrá. Dejar sus puestos va a ser fácil, lo difícil será quitarse a John de encima.
Cuando llegan a la universidad, encuentran las puertas abiertas. Son unas enormes verjas metalizadas que dejan paso a un camino de piedrecitas con césped a los lados. La fachada del edificio es antigua, casi parece un palacio en el que habitaron reyes y reinas hace cientos de años.
— Es…
— Increíble…
Susurran. Se miran a los ojos y sonríen, mientras las dos sienten un cosquilleo en el estómago. Tan sólo han venido de visita, para conocer un poco la parte exterior, pero se sienten como si estuvieran a punto de comenzar el curso. Viendo todos los jardines tan cuidados que hay, contemplando los dibujos tallados en piedra que hay en la fachada, se dan cuenta de que de verdad merece la pena aguantar todo lo que aguantan. Porque una vez que hayan comenzado a estudiar, sus vidas habrán cambiado y ya no tendrán nada que ver con el mundo en el que están metidas ahora.
Avanzan por el césped, contemplando algunas fuentes y viendo como otros chicos y chicas de su edad también pasean por ahí, familiarizándose con la que será su casa durante el tiempo que sea necesario para sacarse la carrera.
Siguen hasta llegar a la parte trasera del edificio, donde hay un pasillo exterior con columnas, justo enfrente de un gran espacio lleno de césped, flores y árboles muy bien cuidados.
— Esto es precioso… ¿te lo imaginas, Sam? ¿Nos imaginas estudiando aquí?
— No sabes qué ganas tengo.
Sus ojos brillan como dos luceros al contemplarlo todo. Miraban a todos lados fascinadas como si se encontraran en un paraíso, y es que ese era su paraíso, porque desde hace años no han querido otra cosa. Muchos adolescentes piensan que estudiar es una pérdida de tiempo, algo sin sentido, pero para ellas sería lo mejor que podría pasarles. Algo por lo que ahora merece la pena sufrir. Porque en la vida nada es sencillo, nunca nada grande ha venido con facilidad.
Rikki gira la cabeza para mirar las paredes y divisa un tablón con papeles colgados. Se acerca para mirar lo que hay escrito, y ve que son las notas que se necesitan sacar en los exámenes para poder entrar y estudiar allí.
— ¡Sam, mira! — la llama emocionada. Su mejor amiga se acerca lo más rápido que puede, y sonríe al darse cuenta de qué es lo que su amiga mira tan entusiasmada.
— ¿Dónde está la de derecho? — pregunta mientras lee rápidamente todos los títulos de las carreras, buscando la suya.
— Aquí — Rikki señala con el dedo, y Sam comprueba la nota requerida en el examen que ella tendría que hacer.
— Un nueve y medio… — susurra algo decepcionada. — Va a ser imposible.
— ¿Qué dices? No seas tonta. Puedes sacar eso y más. — Rikki la anima mientras ella busca con la mirada la sección de medicina. Una vez que la encuentra busca la rama de pediatría.
— Yo necesito un nueve con siete. — explica. Inmediatamente una sonrisa de satisfacción surge en el rostro de la morena. Siempre se le ha dado bien destacar, y la idea de sacar un diez en ese examen le fascina. Sus notas en la selectividad fueron altas, y sin duda tienen capacidad suficiente para conseguirlo.
— Rikki, mira eso… — la voz de Sam sonaba quebrada. Como si hubiera visto un fantasma
— Sí sí, espera… — responde Rikki. Sigue con la mirada fija en el tablón mirando el resto de carreras.
— En serio, tienes que ver esto — Sam le mueve el brazo bruscamente intentando llamar su atención.
— Que sí Sam, que te esperes un segundo… — repite Rikki apartando la mano de Sam de su brazo.
— ¡Rikki, joder! — grita Sam. Rikki por fin la mira y la fulmina con la mirada.
— ¿¡Qué quieres!?
— ¡Que mires eso! — señala efusivamente hacia el otro lado del césped.
— ¡Joder! ¿Es él? — Rikki mira a Sam alarmada, con la boca y los ojos muy abiertos.
— Es…
— Increíble…
Susurran. Se miran a los ojos y sonríen, mientras las dos sienten un cosquilleo en el estómago. Tan sólo han venido de visita, para conocer un poco la parte exterior, pero se sienten como si estuvieran a punto de comenzar el curso. Viendo todos los jardines tan cuidados que hay, contemplando los dibujos tallados en piedra que hay en la fachada, se dan cuenta de que de verdad merece la pena aguantar todo lo que aguantan. Porque una vez que hayan comenzado a estudiar, sus vidas habrán cambiado y ya no tendrán nada que ver con el mundo en el que están metidas ahora.
Avanzan por el césped, contemplando algunas fuentes y viendo como otros chicos y chicas de su edad también pasean por ahí, familiarizándose con la que será su casa durante el tiempo que sea necesario para sacarse la carrera.
Siguen hasta llegar a la parte trasera del edificio, donde hay un pasillo exterior con columnas, justo enfrente de un gran espacio lleno de césped, flores y árboles muy bien cuidados.
— Esto es precioso… ¿te lo imaginas, Sam? ¿Nos imaginas estudiando aquí?
— No sabes qué ganas tengo.
Sus ojos brillan como dos luceros al contemplarlo todo. Miraban a todos lados fascinadas como si se encontraran en un paraíso, y es que ese era su paraíso, porque desde hace años no han querido otra cosa. Muchos adolescentes piensan que estudiar es una pérdida de tiempo, algo sin sentido, pero para ellas sería lo mejor que podría pasarles. Algo por lo que ahora merece la pena sufrir. Porque en la vida nada es sencillo, nunca nada grande ha venido con facilidad.
Rikki gira la cabeza para mirar las paredes y divisa un tablón con papeles colgados. Se acerca para mirar lo que hay escrito, y ve que son las notas que se necesitan sacar en los exámenes para poder entrar y estudiar allí.
— ¡Sam, mira! — la llama emocionada. Su mejor amiga se acerca lo más rápido que puede, y sonríe al darse cuenta de qué es lo que su amiga mira tan entusiasmada.
— ¿Dónde está la de derecho? — pregunta mientras lee rápidamente todos los títulos de las carreras, buscando la suya.
— Aquí — Rikki señala con el dedo, y Sam comprueba la nota requerida en el examen que ella tendría que hacer.
— Un nueve y medio… — susurra algo decepcionada. — Va a ser imposible.
— ¿Qué dices? No seas tonta. Puedes sacar eso y más. — Rikki la anima mientras ella busca con la mirada la sección de medicina. Una vez que la encuentra busca la rama de pediatría.
— Yo necesito un nueve con siete. — explica. Inmediatamente una sonrisa de satisfacción surge en el rostro de la morena. Siempre se le ha dado bien destacar, y la idea de sacar un diez en ese examen le fascina. Sus notas en la selectividad fueron altas, y sin duda tienen capacidad suficiente para conseguirlo.
— Rikki, mira eso… — la voz de Sam sonaba quebrada. Como si hubiera visto un fantasma
— Sí sí, espera… — responde Rikki. Sigue con la mirada fija en el tablón mirando el resto de carreras.
— En serio, tienes que ver esto — Sam le mueve el brazo bruscamente intentando llamar su atención.
— Que sí Sam, que te esperes un segundo… — repite Rikki apartando la mano de Sam de su brazo.
— ¡Rikki, joder! — grita Sam. Rikki por fin la mira y la fulmina con la mirada.
— ¿¡Qué quieres!?
— ¡Que mires eso! — señala efusivamente hacia el otro lado del césped.
— ¡Joder! ¿Es él? — Rikki mira a Sam alarmada, con la boca y los ojos muy abiertos.
|| Sam ||
Mis ojos se abren de par en par al ver a Justin de la mano con una chica rubia y pija paseando por los jardines de la universidad. Miro a mi mejor amiga esperando que ella suelte algo. Tiene que decir algo...tiene que decirme que esto es un sueño, que no tengo delante al chico que quería utilizarme como una muñeca inchable, para luego hacerle el amor a la chica que ahora pasea de la mano con él. ¿Qué mierdas estás diciendo, Sam? A ti eso no te tiene que importar… además, tú lo único que buscabas de él era un buen polvo. Intento llamar la atención de Rikki haciendo un sonido raro con la boca. Ella me mira esperando a que pueda decir algo… seguro que está pensando que me importa Justin. Y eso no es así.
— ¿Qué están haciendo aquí? — Ella se anima y por fin suelta palabra sin dejar de mirarles. Me muero de curiosidad por saberlo yo también.
— No lo sé, pero te aseguro que no me voy a quedar aquí de brazos cruzados — respondo.
Agarro la mano de Rikki y la estiro hasta a mí para aligerar un poco más el paso. Llego al final del pasillo y me apoyo en la pared, sacando un poco mi cabeza para poder observar a dónde se dirigen. Se están besando. Siento un cosquilleo por mi estómago e intento contener las ganas de ponerme en medio de esos dos, interrumpiendo lo que ahora les parece un cuento de hadas. Vuelvo a tirar de Rikki para ponernos detrás de unos grandes matorrales que nos permiten observarlo todo de forma más visible. Aún se están besando y yo no puedo más. Miro hacia el suelo para apartar la vista, aún no entiendo por qué me molesta… pero supongo que a cualquiera le pasaría ¿por qué me tiene que usar a mí de muñeca? Yo soy una persona, no ningún aparato con el que el puede jugar. Aunque pensándolo bien igual no es justo que esté pensando todo esto. Al fin y al cabo, es mi trabajo. Algunos hombres se acuestan conmigo para luego pagarme y no volver a verme más.
Miro un pequeño piñón que acaba de caer de uno de los árboles. Sonrío y lo cojo. Rikki me mira negando con la cabeza, sabe lo que tengo pensado hacer.
— Ni de coña, Sam. Vámonos — me insiste intentado salir de ahí. Yo hago fuerza y vuelvo a empujarla para ponerla a mi lado.
— Espera, vamos a jugar un rato — Antes de que me suelte un sermón del quince, miro a la rubia de bote que está apoyada en la pared besando a Justin, y sin dudarlo dos veces lanzo el piñón con tan buena suerte que le da de lleno en la cabeza.
— ¡Ahhhhhhhhh! — Un chillido de una voz parecida al de un silbato roto sale por su boca. Rikki empieza a reír escandalosamente detrás del árbol y yo me contagio de su risa.
— ¿Por qué has hecho eso? — Pregunta chillando, casi ahogada por la risa. Yo le pego un empujón haciendo que se caiga y un grito sale de su boca.
— ¡Cállate! ¡No grites! — Le ordeno. Ella me mira con carita de cachorrito y se pone la mano en la boca.
Levanto la cabeza de nuevo y veo como Justin la está abrazando, mirándola preocupado. Alza la vista observando a su alrededor para buscar a la persona que le ha lanzado eso a su chica. Sus ojos se topan con los míos. Nuestras miradas se cruzan y me vuelvo a quedar perdida en ella. Él abre mucho los ojos, sin poderse creer que me esté viendo a mí. En realidad yo tampoco puedo creer lo que estoy haciendo, soy patética y estoy haciendo el ridículo. Niega con la cabeza y agarra a la rubia de la mano para volver a emprender su paseo por los grandes jardines de la universidad. Me siento culpable en cierta modo.
¿Se habrá enfadado conmigo? Aunque eso ahora mismo no me tiene que importar, tendría que ser yo la que debería estar enfadada con él… ¡Y de todas formas no tengo que volverlo a ver! Bueno, sí… aún me queda un asunto pendiente con él.
Y ahora que lo pienso… ¿qué están haciendo estos dos en la universidad? No podría soportar entrar aquí y tener a la rubia pija besándole cada vez que se le antoja. Odio a las chicas como ellas. Le odio a él. ¿No hay más universidades en la ciudad? ¿Por qué han tenido que venir aquí?
— Sam… va a ser un curso muy largo — suelta Rikki, como si me hubiera leído la mente
— Tengo una idea Rikki — musito mientras sonrío victoriosa.
— Miedo me dan tus ideas. ¿Qué piensas hacer?
— Lo tenía pensado desde hace días y ahora estoy completamente segura de que lo voy a hacer — Ella me mira extrañada, como si le estuviera hablando en chino. Pero no, yo sé muy bien lo que estoy diciendo.
— ¿Cuándo iba a quedar Justin con la rubia pija? — Pregunto. Ella duda durante unos instantes si responderme, pero finalmente decide hacerlo.
— El sábado ¿por qué, Sam? — Pregunta ella mientras se levanta del suelo. Tiene una expresión divertida, como si estuviera asustada de mí.
— Porque van a tener una invitada sorpresa — Sonrío maliciosamente. Rikki está apunto de decirme algo cuando una voz de un hombre nos interrumpe a las dos.
— Perdónenme por meterme en la conversación ,señoritas… — hace una pausa para coger aire — pero está prohibido pisar el césped de la universidad.
— Lo sentimos. — Contesta Rikki de forma amable. Le sonríe a ese hombre y me coge de la mano para empezar a caminar por el camino de piedrecitas. Como siempre Rikki es la más responsable de las dos.
— Qué tengáis una buena mañana-— responde el señor mientras sonríe. Rikki me vuelve a estirar de la mano antes de que yo educadamente le pueda contestar.
— Ni se te ocurra Sam… no le arruines la noche a Justin — me pide, segura de lo que está diciendo.
— ¿Me vas a apoyar o lo tengo que hacer yo sola? — pregunto desafiante sin parar de caminar. No pienso cambiar de opinión, tengo muy claro lo que pienso hacer… con su ayuda o sin ella.
— Joder, Sam… ¿sabes en el lío que te vas a meter tú solita? — Intenta hacerme pensar.
— ¿Me vas a ayudar sí, o no, Rikki? — Le repito. Observo como resopla y luego me mira dudando.
— Eres una cabra loca — me suelta.
— ¿Y bien?
— No te pienso dejar sola en esto, tonta — Le doy un abrazo a mi mejor amiga mientras observo la salida. Giro la cabeza y aún puedo ver sus siluetas, agarradas de las manos. Aunque sea una locura… siento rabia. Rabia por haber sido su muñeco. Pero… el plan que mi querido amigo Justin tiene para el sábado por la noche, no le va a salir nada bien. Algo me dice que habrá algo que lo estropeará.
— ¿Qué están haciendo aquí? — Ella se anima y por fin suelta palabra sin dejar de mirarles. Me muero de curiosidad por saberlo yo también.
— No lo sé, pero te aseguro que no me voy a quedar aquí de brazos cruzados — respondo.
Agarro la mano de Rikki y la estiro hasta a mí para aligerar un poco más el paso. Llego al final del pasillo y me apoyo en la pared, sacando un poco mi cabeza para poder observar a dónde se dirigen. Se están besando. Siento un cosquilleo por mi estómago e intento contener las ganas de ponerme en medio de esos dos, interrumpiendo lo que ahora les parece un cuento de hadas. Vuelvo a tirar de Rikki para ponernos detrás de unos grandes matorrales que nos permiten observarlo todo de forma más visible. Aún se están besando y yo no puedo más. Miro hacia el suelo para apartar la vista, aún no entiendo por qué me molesta… pero supongo que a cualquiera le pasaría ¿por qué me tiene que usar a mí de muñeca? Yo soy una persona, no ningún aparato con el que el puede jugar. Aunque pensándolo bien igual no es justo que esté pensando todo esto. Al fin y al cabo, es mi trabajo. Algunos hombres se acuestan conmigo para luego pagarme y no volver a verme más.
Miro un pequeño piñón que acaba de caer de uno de los árboles. Sonrío y lo cojo. Rikki me mira negando con la cabeza, sabe lo que tengo pensado hacer.
— Ni de coña, Sam. Vámonos — me insiste intentado salir de ahí. Yo hago fuerza y vuelvo a empujarla para ponerla a mi lado.
— Espera, vamos a jugar un rato — Antes de que me suelte un sermón del quince, miro a la rubia de bote que está apoyada en la pared besando a Justin, y sin dudarlo dos veces lanzo el piñón con tan buena suerte que le da de lleno en la cabeza.
— ¡Ahhhhhhhhh! — Un chillido de una voz parecida al de un silbato roto sale por su boca. Rikki empieza a reír escandalosamente detrás del árbol y yo me contagio de su risa.
— ¿Por qué has hecho eso? — Pregunta chillando, casi ahogada por la risa. Yo le pego un empujón haciendo que se caiga y un grito sale de su boca.
— ¡Cállate! ¡No grites! — Le ordeno. Ella me mira con carita de cachorrito y se pone la mano en la boca.
Levanto la cabeza de nuevo y veo como Justin la está abrazando, mirándola preocupado. Alza la vista observando a su alrededor para buscar a la persona que le ha lanzado eso a su chica. Sus ojos se topan con los míos. Nuestras miradas se cruzan y me vuelvo a quedar perdida en ella. Él abre mucho los ojos, sin poderse creer que me esté viendo a mí. En realidad yo tampoco puedo creer lo que estoy haciendo, soy patética y estoy haciendo el ridículo. Niega con la cabeza y agarra a la rubia de la mano para volver a emprender su paseo por los grandes jardines de la universidad. Me siento culpable en cierta modo.
¿Se habrá enfadado conmigo? Aunque eso ahora mismo no me tiene que importar, tendría que ser yo la que debería estar enfadada con él… ¡Y de todas formas no tengo que volverlo a ver! Bueno, sí… aún me queda un asunto pendiente con él.
Y ahora que lo pienso… ¿qué están haciendo estos dos en la universidad? No podría soportar entrar aquí y tener a la rubia pija besándole cada vez que se le antoja. Odio a las chicas como ellas. Le odio a él. ¿No hay más universidades en la ciudad? ¿Por qué han tenido que venir aquí?
— Sam… va a ser un curso muy largo — suelta Rikki, como si me hubiera leído la mente
— Tengo una idea Rikki — musito mientras sonrío victoriosa.
— Miedo me dan tus ideas. ¿Qué piensas hacer?
— Lo tenía pensado desde hace días y ahora estoy completamente segura de que lo voy a hacer — Ella me mira extrañada, como si le estuviera hablando en chino. Pero no, yo sé muy bien lo que estoy diciendo.
— ¿Cuándo iba a quedar Justin con la rubia pija? — Pregunto. Ella duda durante unos instantes si responderme, pero finalmente decide hacerlo.
— El sábado ¿por qué, Sam? — Pregunta ella mientras se levanta del suelo. Tiene una expresión divertida, como si estuviera asustada de mí.
— Porque van a tener una invitada sorpresa — Sonrío maliciosamente. Rikki está apunto de decirme algo cuando una voz de un hombre nos interrumpe a las dos.
— Perdónenme por meterme en la conversación ,señoritas… — hace una pausa para coger aire — pero está prohibido pisar el césped de la universidad.
— Lo sentimos. — Contesta Rikki de forma amable. Le sonríe a ese hombre y me coge de la mano para empezar a caminar por el camino de piedrecitas. Como siempre Rikki es la más responsable de las dos.
— Qué tengáis una buena mañana-— responde el señor mientras sonríe. Rikki me vuelve a estirar de la mano antes de que yo educadamente le pueda contestar.
— Ni se te ocurra Sam… no le arruines la noche a Justin — me pide, segura de lo que está diciendo.
— ¿Me vas a apoyar o lo tengo que hacer yo sola? — pregunto desafiante sin parar de caminar. No pienso cambiar de opinión, tengo muy claro lo que pienso hacer… con su ayuda o sin ella.
— Joder, Sam… ¿sabes en el lío que te vas a meter tú solita? — Intenta hacerme pensar.
— ¿Me vas a ayudar sí, o no, Rikki? — Le repito. Observo como resopla y luego me mira dudando.
— Eres una cabra loca — me suelta.
— ¿Y bien?
— No te pienso dejar sola en esto, tonta — Le doy un abrazo a mi mejor amiga mientras observo la salida. Giro la cabeza y aún puedo ver sus siluetas, agarradas de las manos. Aunque sea una locura… siento rabia. Rabia por haber sido su muñeco. Pero… el plan que mi querido amigo Justin tiene para el sábado por la noche, no le va a salir nada bien. Algo me dice que habrá algo que lo estropeará.
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