Me arreglo la camisa y me aseguro de que las flores no estés marchitas, ni los bombones derretidos. Sólo me falta hacer el ridículo otra vez. Toco al timbre y muevo las piernas para canalizar un poco los nervios. Una copia exacta de Brooke, sólo que con más edad, me abre la puerta con una sonrisa.
— Buenos días, Connie. ¿Está Brooke en casa?
— Claro, pasa. Ahora le digo que baje.
Obedezco y me siento en el sofá de terciopelo rosa. Todo en esta casa tiene tonos rosas. La pared de color rosa pastel, los muebles de un blanco rosado, los sofás rosas chillones y las alfombras fucsias. Demasiado rosa para mi gusto, no entiendo cómo su padre permite que sea Connie quien se encargue de la decoración de la casa. Oigo pasos provenientes del piso de arriba que se dirigen a las escaleras, y trotando como una niña contenta aparece Brooke en el salón.
Veo que se esperaba a cualquier persona menos a mí, porque se le borra la sonrisa en cuanto me ve. Su madre baja detrás de ella y al ver su expresión, decide dejarnos solos para que podamos hablar.
— ¿Qué quieres?
— Te he traído flores. — digo acercándome y entregándoselas.
— Gracias. — las coge y las mete dentro de un jarrón oriental que parece bastante antiguo.
— Lo siento, Brooke. Esas dos chicas que aparecieron en el restaurante son… conocidas.
— Ya, parecían conocerte muy bien. — responde cortante. Resulta extraño escuchar este tono de voz viniendo de ella, porque siempre habla como si se hubiera tragado un silbato.
— Bueno, pero tú sabes que yo sólo estoy interesado en ti.
Eso la pilla por sorpresa y parece relajarse un poco, porque no me aparta ni se aleja cuando me acerco a ella y poso las manos en la cintura. Sigue seria, pero al menos no me mira como si quisiera asesinarme con la mirada.
— ¿Y yo cómo sé que eso es verdad?
— Porque estoy aquí, ¿no? — contesto obvio. Consigo que esboce algo parecido a una sonrisa y acerco mis labios a los suyos. Al principio me da miedo que me suelte un bofetón, pero se me pasa cuando ella se apresura a juntar nuestras bocas y me rodea el cuello con los brazos. Ojala entrara su padre ahora mismo, porque sería difícil vernos más unidos que ahora. Esto es lo que quiere papá y eso es lo que estoy haciendo. Y ya que lo hago, lo hago bien, así que me vuelvo a sentar en el sofá, esta vez con ella encima. Acaricio su espalda y ella toquetea la parte baja de mi barriga, por debajo de la camiseta. Me excita que haga eso, pero ya no como antes. Un carraspeo nos interrumpe y vemos a su madre en la puerta, arreglada como si fuera a marcharse.
— Tengo hora en la peluquería — explica — volveré en dos horas.
Entonces nos mira algo curiosa por la posición en la que estamos, y baja la vista hasta el lugar en el que su querida hijita tiene posadas las manos. Muestra una media sonrisa y advierte:
— No hagáis ninguna locura.
Cuando escuchamos el sonido de la puerta comenzamos a reír algo incómodos, suerte que yo no he tenido la tentación de meter las manos también por debajo de su camiseta.
— Yo también me tengo que ir. — suspiro, como si irme fuera lo que menos quiero ahora mismo. — ¿Nos vemos mañana?
— Claro que sí. — dice, y vuelve a besarme con más ímpetu que antes. Le devuelvo el beso y después salgo de su casa, rumbo a la de mi mejor amigo. Tengo cosas que contarle, y creo que él a mí también.
— Buenos días, Connie. ¿Está Brooke en casa?
— Claro, pasa. Ahora le digo que baje.
Obedezco y me siento en el sofá de terciopelo rosa. Todo en esta casa tiene tonos rosas. La pared de color rosa pastel, los muebles de un blanco rosado, los sofás rosas chillones y las alfombras fucsias. Demasiado rosa para mi gusto, no entiendo cómo su padre permite que sea Connie quien se encargue de la decoración de la casa. Oigo pasos provenientes del piso de arriba que se dirigen a las escaleras, y trotando como una niña contenta aparece Brooke en el salón.
Veo que se esperaba a cualquier persona menos a mí, porque se le borra la sonrisa en cuanto me ve. Su madre baja detrás de ella y al ver su expresión, decide dejarnos solos para que podamos hablar.
— ¿Qué quieres?
— Te he traído flores. — digo acercándome y entregándoselas.
— Gracias. — las coge y las mete dentro de un jarrón oriental que parece bastante antiguo.
— Lo siento, Brooke. Esas dos chicas que aparecieron en el restaurante son… conocidas.
— Ya, parecían conocerte muy bien. — responde cortante. Resulta extraño escuchar este tono de voz viniendo de ella, porque siempre habla como si se hubiera tragado un silbato.
— Bueno, pero tú sabes que yo sólo estoy interesado en ti.
Eso la pilla por sorpresa y parece relajarse un poco, porque no me aparta ni se aleja cuando me acerco a ella y poso las manos en la cintura. Sigue seria, pero al menos no me mira como si quisiera asesinarme con la mirada.
— ¿Y yo cómo sé que eso es verdad?
— Porque estoy aquí, ¿no? — contesto obvio. Consigo que esboce algo parecido a una sonrisa y acerco mis labios a los suyos. Al principio me da miedo que me suelte un bofetón, pero se me pasa cuando ella se apresura a juntar nuestras bocas y me rodea el cuello con los brazos. Ojala entrara su padre ahora mismo, porque sería difícil vernos más unidos que ahora. Esto es lo que quiere papá y eso es lo que estoy haciendo. Y ya que lo hago, lo hago bien, así que me vuelvo a sentar en el sofá, esta vez con ella encima. Acaricio su espalda y ella toquetea la parte baja de mi barriga, por debajo de la camiseta. Me excita que haga eso, pero ya no como antes. Un carraspeo nos interrumpe y vemos a su madre en la puerta, arreglada como si fuera a marcharse.
— Tengo hora en la peluquería — explica — volveré en dos horas.
Entonces nos mira algo curiosa por la posición en la que estamos, y baja la vista hasta el lugar en el que su querida hijita tiene posadas las manos. Muestra una media sonrisa y advierte:
— No hagáis ninguna locura.
Cuando escuchamos el sonido de la puerta comenzamos a reír algo incómodos, suerte que yo no he tenido la tentación de meter las manos también por debajo de su camiseta.
— Yo también me tengo que ir. — suspiro, como si irme fuera lo que menos quiero ahora mismo. — ¿Nos vemos mañana?
— Claro que sí. — dice, y vuelve a besarme con más ímpetu que antes. Le devuelvo el beso y después salgo de su casa, rumbo a la de mi mejor amigo. Tengo cosas que contarle, y creo que él a mí también.
|| Niall ||
• Estoy en tu puerta, ábreme.
Vuelvo a bloquear el móvil después de su mensaje, y bajo a abrirle la puerta. Sabe que a estas horas mi padre hace siesta, y si se le ocurriera llamar al timbre y despertarle, acabaría muerto. Chocamos las manos a modo de saludo y subimos a mi habitación, procurando hacer el menor ruido posible. Papá tiene el sueño muy ligero.
— He vuelto con Brooke.
Lo suelta casi como si fuera algo desagradable.
— ¿Te ha perdonado?
— Claro, no puede resistirse a mí. — carcajea y yo niego con la cabeza, sonriendo.
— Bueno, pues me alegro por ti, de verdad. Aunque no creo que a Sam le haga mucha gracia.
— Ya lo sé, pero algo que no sabe no puede hacerle daño, ¿no?
Elevo las cejas y lo miro. ¿Habla en serio? ¿de verdad piensa eso?
— No me mires así. Sabes que estar con Brooke no es una cosa que me entusiasme, ¿sabes? Es algo cortita.
— ¡Eso ya lo sé! — ahora soy yo quien carcajea con ganas — llevo diciéndotelo desde que la conocemos.
— Es por los negocios de papá… una vez que esté todo listo no tendré que aguantarla más. Pero yo no quiero hablar de eso ahora. — sonríe pícaramente y entonces sé que sólo puede preguntarme por una cosa. — ¿qué tal te va con Rikki?
— Pues bien. — intento parecer lo más natural posible y disimular lo mejor que puedo que el corazón me late un poquito más rápido.
— Me alegro… porque voy a ir esta noche al Black Diamond. ¿Te vienes?
— Ni soñando. No voy a ir y no me vas a convencer. Si quieres ir ligar con Sam, adelante, pero a mí déjame en paz.
— Ah, ¿prefieres que Rikki se ligue a otro esta noche?
Aprieto la mandíbula y entro en el baño. Odio cuando hace eso. Consigue manipularme con palabras para hacerme hacer lo que él quiere, pero esta vez no voy a ceder. No voy a ir a ese lugar, y no voy a pensar qué estará haciendo Rikki.
Vamos, Nialler, no te engañes… sí que estarás pensando en qué estará haciendo y con qué hombre. No puedo evitarlo, no me hace gracia imaginarla en brazos de otro. Me di cuenta hace días, sólo que no he sido lo suficientemente valiente para admitírmelo a mí mismo. Me echo agua por la cara y vuelvo a mi cuarto, donde Justin sigue sentado sobre la cama.
— Lo siento… — dice — pero es que no entiendo por qué no intentas algo con ella.
— Porque yo no soy como tú. — espeto — Yo no voy a besar a mi supuesta novia por la mañana y luego voy a un local nocturno a bailar con otra chica.
— No, tú te quedas en tu habitación toda la noche pensando en cómo sería estar con ella, pero sin hacer nada, como siempre.
Antes he subido el tono de voz, y ahora ambos estamos hablándonos a la defensiva, algo nerviosos.
— ¿Por qué no admites que te gusta Rikki? — me suelta.
— ¿Y tú por qué no reconoces que te mueres por Sam? — vuelvo a alzar la voz. Se levanta de la cama y se marcha dando un portazo. Ya no le importa despertar a mi padre con el ruido, y también le da igual asustar a mi madre.
Supongo que en ese sentido somos los dos igual de cobardes. No, él lo es más por estar con Brooke. Sé que se siente obligado a estar con esa chica, y lo entiendo porque yo haría lo mismo por mi padre. Pero lo está haciendo mal. O Sam, o Brooke, las dos al mismo tiempo no. Porque al final terminará peor de lo que está ahora. Una de las dos se terminará enterando y entonces ya se habrá acabado todo. Ni Brooke, ni negocios, ni Sam. Y, además, yo sí admito que me gusta Rikki, porque es así. Me gusta porque es guapa, inteligente y cariñosa.
— He vuelto con Brooke.
Lo suelta casi como si fuera algo desagradable.
— ¿Te ha perdonado?
— Claro, no puede resistirse a mí. — carcajea y yo niego con la cabeza, sonriendo.
— Bueno, pues me alegro por ti, de verdad. Aunque no creo que a Sam le haga mucha gracia.
— Ya lo sé, pero algo que no sabe no puede hacerle daño, ¿no?
Elevo las cejas y lo miro. ¿Habla en serio? ¿de verdad piensa eso?
— No me mires así. Sabes que estar con Brooke no es una cosa que me entusiasme, ¿sabes? Es algo cortita.
— ¡Eso ya lo sé! — ahora soy yo quien carcajea con ganas — llevo diciéndotelo desde que la conocemos.
— Es por los negocios de papá… una vez que esté todo listo no tendré que aguantarla más. Pero yo no quiero hablar de eso ahora. — sonríe pícaramente y entonces sé que sólo puede preguntarme por una cosa. — ¿qué tal te va con Rikki?
— Pues bien. — intento parecer lo más natural posible y disimular lo mejor que puedo que el corazón me late un poquito más rápido.
— Me alegro… porque voy a ir esta noche al Black Diamond. ¿Te vienes?
— Ni soñando. No voy a ir y no me vas a convencer. Si quieres ir ligar con Sam, adelante, pero a mí déjame en paz.
— Ah, ¿prefieres que Rikki se ligue a otro esta noche?
Aprieto la mandíbula y entro en el baño. Odio cuando hace eso. Consigue manipularme con palabras para hacerme hacer lo que él quiere, pero esta vez no voy a ceder. No voy a ir a ese lugar, y no voy a pensar qué estará haciendo Rikki.
Vamos, Nialler, no te engañes… sí que estarás pensando en qué estará haciendo y con qué hombre. No puedo evitarlo, no me hace gracia imaginarla en brazos de otro. Me di cuenta hace días, sólo que no he sido lo suficientemente valiente para admitírmelo a mí mismo. Me echo agua por la cara y vuelvo a mi cuarto, donde Justin sigue sentado sobre la cama.
— Lo siento… — dice — pero es que no entiendo por qué no intentas algo con ella.
— Porque yo no soy como tú. — espeto — Yo no voy a besar a mi supuesta novia por la mañana y luego voy a un local nocturno a bailar con otra chica.
— No, tú te quedas en tu habitación toda la noche pensando en cómo sería estar con ella, pero sin hacer nada, como siempre.
Antes he subido el tono de voz, y ahora ambos estamos hablándonos a la defensiva, algo nerviosos.
— ¿Por qué no admites que te gusta Rikki? — me suelta.
— ¿Y tú por qué no reconoces que te mueres por Sam? — vuelvo a alzar la voz. Se levanta de la cama y se marcha dando un portazo. Ya no le importa despertar a mi padre con el ruido, y también le da igual asustar a mi madre.
Supongo que en ese sentido somos los dos igual de cobardes. No, él lo es más por estar con Brooke. Sé que se siente obligado a estar con esa chica, y lo entiendo porque yo haría lo mismo por mi padre. Pero lo está haciendo mal. O Sam, o Brooke, las dos al mismo tiempo no. Porque al final terminará peor de lo que está ahora. Una de las dos se terminará enterando y entonces ya se habrá acabado todo. Ni Brooke, ni negocios, ni Sam. Y, además, yo sí admito que me gusta Rikki, porque es así. Me gusta porque es guapa, inteligente y cariñosa.
|| Sam ||
Rikki ha estado tan rara estos días… no come, apenas bebe y no ha hablado en todo el día. Bueno, sí, pero sólo cuando yo le pregunto algo. Y me responde con ‘’sí’’ o ‘’no’’.
Y lleva más de dos horas tirada en el sofá mirando la televisión. Sólo se levanta cuando la aviso de que tenemos que comenzar a arreglarnos para ir a trabajar. Por desgracia, nuestro maravilloso fin de semana de vacaciones ya ha terminado, y tenemos que volver a la rutina. Cada una se mete en su habitación para recogerlo todo un poco, y al cabo de media hora estamos las dos listas en la puerta.
Pero cuando entramos en el coche, yo ya no aguanto más con su silencio.
— ¿Me vas a contar ya qué te pasa?
— No hay nada que contar. Simplemente estoy cansada.
Gira la cabeza para mirar por la ventanilla, y a mí no me queda otro remedio que arrancar si no queremos llegar tarde, porque son casi las ocho.
— Es imposible que estés tan cansada, llevamos dos noches sin trabajar. No conseguirás mentirme.
— No te estoy mintiendo, Sam. — eleva un poco la voz y resopla.
Entonces yo decido dejar ya el tema. Tarde o temprano terminará contándomelo, pero si insisto ahora será peor y se alterará más. Lo único que tengo claro es que no es nada bueno, y tiene que ser algo importante para ella, porque normalmente no deja que nada la afecte de esta manera.
Cuando aparco frente al mugriento callejón que hay detrás del local, sale disparada del coche y se pierde dentro del edificio. Ahora la que suspira soy yo. Me gustaría entenderla, y si soy sincera, no entiendo por qué no me lo ha contado todavía. Es todo demasiado raro.
Sigo sus pasos y entro en el Black Diamond. Antes de ir a los vestuarios salgo a la pista principal para que John me vea y sepa que he llegado. Me hace un gesto con la cabeza y yo entro a cambiarme. Rikki ya está casi lista y cuando termina, se sienta en uno de los bancos de madera a esperarme. Las demás están ya maquillándose.
— Siento haberte hablado mal antes.
— No te preocupes, a mí de todas formas no me engañas. Cuéntamelo cuando quieras. — le sonrío y beso su mejilla. Sí que es verdad que me ha molestado que me hablara así, pero supongo que le ha salido solo.
— Voy a maquillarme, después nos vemos.
— Vale — asiento.
Y lleva más de dos horas tirada en el sofá mirando la televisión. Sólo se levanta cuando la aviso de que tenemos que comenzar a arreglarnos para ir a trabajar. Por desgracia, nuestro maravilloso fin de semana de vacaciones ya ha terminado, y tenemos que volver a la rutina. Cada una se mete en su habitación para recogerlo todo un poco, y al cabo de media hora estamos las dos listas en la puerta.
Pero cuando entramos en el coche, yo ya no aguanto más con su silencio.
— ¿Me vas a contar ya qué te pasa?
— No hay nada que contar. Simplemente estoy cansada.
Gira la cabeza para mirar por la ventanilla, y a mí no me queda otro remedio que arrancar si no queremos llegar tarde, porque son casi las ocho.
— Es imposible que estés tan cansada, llevamos dos noches sin trabajar. No conseguirás mentirme.
— No te estoy mintiendo, Sam. — eleva un poco la voz y resopla.
Entonces yo decido dejar ya el tema. Tarde o temprano terminará contándomelo, pero si insisto ahora será peor y se alterará más. Lo único que tengo claro es que no es nada bueno, y tiene que ser algo importante para ella, porque normalmente no deja que nada la afecte de esta manera.
Cuando aparco frente al mugriento callejón que hay detrás del local, sale disparada del coche y se pierde dentro del edificio. Ahora la que suspira soy yo. Me gustaría entenderla, y si soy sincera, no entiendo por qué no me lo ha contado todavía. Es todo demasiado raro.
Sigo sus pasos y entro en el Black Diamond. Antes de ir a los vestuarios salgo a la pista principal para que John me vea y sepa que he llegado. Me hace un gesto con la cabeza y yo entro a cambiarme. Rikki ya está casi lista y cuando termina, se sienta en uno de los bancos de madera a esperarme. Las demás están ya maquillándose.
— Siento haberte hablado mal antes.
— No te preocupes, a mí de todas formas no me engañas. Cuéntamelo cuando quieras. — le sonrío y beso su mejilla. Sí que es verdad que me ha molestado que me hablara así, pero supongo que le ha salido solo.
— Voy a maquillarme, después nos vemos.
— Vale — asiento.
Pasa un rato más hasta que todas estamos preparadas, entonces empezamos a colocar las sillas, las bebidas de detrás de la barra y algunas barren el suelo. Más tarde, sobre las nueve y media, las puertas se abren y nosotras nos vamos cada una a los sitios que nos tocan. Rikki se cambia con Samantha y se mete detrás de la barra, ya que hoy es evidente que no tiene humor para bailar. Yo, por el contrario, subo junto con otras cuatro chicas y, una vez que el local está casi lleno, la música comienza a sonar, dando inicio a nuestra sensual coreografía. Ya no necesito ni mirar el suelo para no caerme de la barra, he memorizado todos y cada uno de los centímetros que la forman. Podría moverme con los ojos cerrados y aún así no me caería.
Después de una hora o dos, cuando ya hay bastantes borrachos en la sala, veo aparecer a Justin por la puerta principal. Mi primera reacción es pestañear un par de veces para asegurarme de que no me lo estoy imaginando, y después, casi de manera inconsciente, le sonrío. Él ya me ha localizado y también me mira. Hace un gesto con la cabeza desde el fondo de la sala, y me pide que baje a bailar con él. Y eso hago. Me abro paso entre la gente ganándome caricias y algunas palabras o comentarios subidos de tono. Ya estoy más que acostumbrada.
— ¿Qué haces aquí? — le pregunto cuando estoy a menos de un metro de él. Nos cogemos mutuamente, él a mí por la cintura y yo rodeando su cuello. Y casi como algo automático, comenzamos a movernos al ritmo de la música. Mis caderas se mueven solas de una forma diferente con cada canción, en cambio a él le cuesta un poco más seguir mis pasos.
— Me apetecía venir a bailar contigo. — sonríe pícaramente y yo le imito, sin dejar de bailar. Sam, viene a bailar. A bailar, nada más. Nada más, así que yo no voy a permitirme hacer algo con él que no sea bailar.
Me giro para observar a Rikki, que hace un rato se subió a la barra a bailar, pero ahora suspira como si estuviera mareada, y se marcha al camerino. Quiero ir detrás de ella, pero entonces caigo en que eso sería peor. Si ella ha decidido que quiere estar sola, no voy a ser yo la que la siga pidiéndole explicaciones que sé que no me dará.
— ¿Qué haces aquí? — le pregunto cuando estoy a menos de un metro de él. Nos cogemos mutuamente, él a mí por la cintura y yo rodeando su cuello. Y casi como algo automático, comenzamos a movernos al ritmo de la música. Mis caderas se mueven solas de una forma diferente con cada canción, en cambio a él le cuesta un poco más seguir mis pasos.
— Me apetecía venir a bailar contigo. — sonríe pícaramente y yo le imito, sin dejar de bailar. Sam, viene a bailar. A bailar, nada más. Nada más, así que yo no voy a permitirme hacer algo con él que no sea bailar.
Me giro para observar a Rikki, que hace un rato se subió a la barra a bailar, pero ahora suspira como si estuviera mareada, y se marcha al camerino. Quiero ir detrás de ella, pero entonces caigo en que eso sería peor. Si ella ha decidido que quiere estar sola, no voy a ser yo la que la siga pidiéndole explicaciones que sé que no me dará.
No hay comentarios:
Publicar un comentario