sábado, 17 de marzo de 2012

•Black Diamond• {Capítulo 1}


Los ruidos que escucho en la cocina hacen que por fin abra los ojos. Me duele muchísimo la cabeza, parece como si tuviera una orquesta dentro. Cada mañana me levanto igual, la misma rutina de siempre, que hace que la odie más, pero es lo que tenemos que hacer para poder tener un techo y para poder cumplir nuestro sueño de ir a la universidad, como tantas dieciocho añeras desean. Eso es lo único que nos da pie para aguantar que unos chicos desesperados sexualmente nos devoren el cuerpo con la mirada, y muchas de las veces tengamos que acostarnos con ellos para poder conseguir un dinero extra. Pero en fin, así es nuestra vida y cuanto antes lo tengamos asumido, mejor. Bostezo y me sobo un ojo mientras maldigo a Rikki. ¿Cómo se le ocurre ponerse a fregar platos tan temprano? Nunca voy a conseguir entender cómo funciona su cabeza, a pesar de que llevemos juntas más de quince años. Si no fuera porque ella está conmigo en todo esto, haría tiempo que yo lo habría dejado y hubiera vuelto con mis padres.
Después de un rato meditando sobre el tipo de vida que llevo decido levantarme, y al hacerlo diviso una nueva grieta en la pared de mi habitación. Perfecto. No me sorprendería que un día de estos se nos cayera el techo encima, y todo porque a John no le da la gana pagarnos nada mejor.
Recorro el pasillo y el salón como una vagabunda hasta llegar a la cocina, donde veo a mi mejor amiga lavando vasos y platos en el fregadero. Mueve las caderas al ritmo de una canción que está tarareando. ¿De dónde saca tanta energía? Ella también se durmió ayer a las seis de la madrugada.
— ¡Eh! — digo sacándola de sus pensamientos. Me mira curiosa. — ¿Cómo se te ocurre hacer tanto ruido? ¡Es demasiado pronto!
— ¿Demasiado pronto? — repite divertida — Sam, son casi las cinco y media de la tarde. Ya era hora de que te levantaras, no olvides que tenemos que estar ahí a las ocho.
— Ya lo sé… — musito. Paso por su lado y me siento en la mesa para comer una manzana. Mi estómago me está pidiendo a gritos una magdalena de chocolate, pero no puedo comer nada de eso. Necesito que mis curvas sigan siendo como son en lugar de convertirse en michelines.
Rikki lleva su larga melena negra recogida en una cola alta. Imagino que mi pelo ahora mismo debe parecer una escarola.
— ¿Qué tal te fue anoche? — pregunta sentándose enfrente de mí. — Cuando llegamos te fuiste directa a tu habitación.
— Bien, Rikki, lo mismo de siempre. — contesto con desgana.
Me da cierto asco… tuve que meterme en una de las salas de reserva con un cuarentón, y no fue precisamente agradable tener que hacerlo con él. Y todo por unos míseros doscientos euros.
— Bueno, cuando termines de desayunar, o lo que sea que estés haciendo, dúchate. Tu cara da miedo. — dice divertida. Sonrío.
Después de comerme esa manzana más dura que un ladrillo, hice caso a Rikki y me metí en la ducha. Creo que debí estar ahí dentro una hora mientras ella miraba la televisión. Me siento relajada sintiendo el agua caer sobre mi espalda. Aunque la simple idea de que esta noche tendremos que volver al Black Diamond lo arruina todo.
|| Rikki ||
Oigo como Sam suspira al entrar en el coche. Yo tampoco disfruto viviendo así, pero noto que ella está mucho más irritable que de costumbre. No tenemos una vida fácil y eso es evidente, pero tiene que aprender que las cosas son así. Yo lo asumí hace tiempo. Resoplo yo también antes de arrancar el coche y poner dirección hacia el Black Diamond. Son las ocho menos cuarto, espero no encontrar demasiado tráfico. A John no le gustará que lleguemos tarde. Si no fuera porque la universidad es mi único objetivo, volvería otra vez a mi anterior vida. A pesar de que mi padre fuera un alcohólico que no paraba por casa, y mi madre estuviera constantemente en estados depresivos, echo mucho de menos algunas cosas de mi anterior vida.
No tardamos demasiado en llegar y aparco el coche en la parte trasera del local. Parece que Sam ya empieza a estar más animada. Aunque no sea así, tiene que fingir estarlo delante de John y del resto de las chicas que trabajan con nosotras. No puede permitirse que todo el mundo vea lo mucho que odia esto. Lo mucho que lo odiamos las dos.
Son justo las ocho en punto cuando llegamos. Entramos por la puerta trasera, que se encuentra en un estrecho callejón viejo y maloliente. Una vez más somos de las primeras y John ya está detrás de la barra comenzando a organizarlo todo.
— Hola chicas, id a cambiaros y después podéis empezar a colocarlo todo. — ordena sin más.
Asentimos y nos dirigimos a la parte trasera del local, donde se encuentra nuestro vestuario y también las salas de reserva a las que tenemos que ir cuando algún cliente nos lo ofrece. En el vestuario ya hay algunas chicas más comenzando a cambiarse. Resulta curioso que lo único que sabemos de ellas es su nombre. Nunca nos hemos preocupado por conocernos a pesar de que nos vemos cada noche. Es mejor así. Sam y yo intentamos no parecerlo cuando estamos trabajando, pero no somos para nada como ellas.
Abrimos nuestras taquillas y sacamos la ropa que debemos llevar puesta. O bueno, igual no pueden considerarse prendas de ropa. Nosotras dos vamos conjuntadas con los colores rojo y negro, mientras que las demás van simplemente de negro. John dijo algo como ‘’vosotras sois las que más destacáis’’, así que por eso vestimos diferente. Un top negro de charol en la parte de arriba, con una falda roja también de charol que más bien podría servir a modo de cinturón. A juego con el top llevamos unas altas botas negras.
Salimos fuera e inmediatamente comenzamos a prepararlo todo. Sam se encarga de colocar mesas y sillas junto con otras tres chicas. Otras dos están conmigo detrás de la barra preparando bebidas y demás, y otra se encarga de limpiar la barra sobre la que debemos subirnos. Mientras tanto John nos observa, como inspeccionando todo lo que hacemos para asegurarse de que no hay ningún fallo. Pero por alguna extraña razón siento que no aparta la mirada de mí.
Las nueve.
Es hora de que vayamos otra vez dentro y nos arreglemos un poco más. Todas debemos alisarnos el pelo, pintarnos los ojos de negro para resaltarlos más, y los labios color rojo pasión. Odio ese color.
Después vamos pasándonos entre todas un bote de purpurina plateada para ponérnosla por la cara. A simple vista no se ve demasiado, pero destaca mucho cuando todos los focos nos apuntan.
Nueve y media.
Poco a poco y a medida que vamos terminando, salimos hacia el salón principal para ensayar una vez más la pequeña coreografía que tenemos que hacer sobre la barra. Según John, es demasiado importante que vayamos coordinadas, aunque después de practicar los mismos pasos unas dos veces por noche, es difícil no ir a la vez.
— Todo perfecto, chicas. — aplaude John. — Sois increíbles, unas diosas. Yo me voy a casa, dentro de diez minutos abrid las puertas.
Así es, querido. Vete a tu casa a dormir mientras nosotras te hacemos el trabajo sucio.
Cada noche pienso lo mismo cuando él se marcha y nos deja aquí. El negocio es suyo pero nosotras somos las que hacemos el trabajo sucio, lógico.
Suspiro y, después de esos diez minutos, abrimos las puertas y ponemos la música.
Los primeros clientes llegan, y Sam y yo nos miramos por última vez antes de dirigirnos detrás de la barra, para empezar una vez más la que será una larga y pesada noche. Como siempre.
|| Minutos antes en otro lado de la ciudad ||
— Vamos tío, por favor, hazlo por mí… — vuelvo a suplicarle. No me puedo creer que esté haciendo esto. ¿Por qué tiene que ser tan cabezota?
— Que no Justin, te he dicho que no voy a hacer eso. — insistió antes de meterse una patatilla en la boca.
— ¡¿Quieres dejar de comer?! — grité ya nervioso. — Sólo te pido que sea hoy, no quiero ir solo. ¿Tanto te cuesta? — estoy cayendo demasiado bajo al ponerme de rodillas ante él. Necesito que me haga este favor, pero tengo claro que será la última vez que me humille así. Aunque parece que está funcionando, ya que el rubio ha dejado de comer patatillas y parece pensativo. Me mira fijamente y en sus ojos puedo ver que está teniendo una discusión consigo mismo sobre si aceptar venir conmigo o no. Vuelvo a ponerle cara de cachorrito desamparado… y parece que esta vez funciona.
— Justin, te juro que después de esto voy a matarte. — musita. Casi no le da tiempo a terminar la frase cuando ya estoy abrazándole.
— ¡Gracias! — me río — En serio Niall, eres el mejor. — vuelvo a escuchar como él resopla. — Ahora ve a ponerte guapo. Puede que yo no sea el único que pille esta noche.
— Que sí… — contesta molesto. — Pero ¿me puedes decir al menos a dónde vamos a ir?
— Hay un local en el centro, Black Diamond creo que se llama. He oído que allí hay unas tías increíbles. — noto como sus mejillas se enrojecen un poco cuando termino de hablar y le sonrío pícaramente. Tiene que dejar de ser tan inseguro.
— Justin… será tu primera vez. Debería ser con alguien a quien tú realmente…
— Ya basta. — le interrumpo. Sé lo que me va a decir y no me apetece escucharlo otra vez. — No me lo repitas más. Sabes que de todas formas lo haré.
— Bueno, pues voy a mi casa a cambiarme. Quedamos aquí en una hora.
Y antes de que pueda responderle, se va de mi casa. En momentos así es cuando me alegro demasiado por tener un mejor amigo como él.
Termino de peinarme frente al espejo cuando pienso en Brooke, mi vecina. Una chica rubia despampanante que lleva detrás de mí unos cuantos meses. Siempre me ha atraído, pero desde que mis padres me sugirieron que sería una buena idea que fuéramos algo más que amigos, he empezado a fijarme mucho en ella. Y me he dado cuenta de que me gusta, me gusta mucho, y de que tengo ganas, muchísimas ganas de acostarme con ella. El único problema es que, aunque me cueste admitirlo y sólo mi mejor amigo lo sepa, soy virgen. Ese es el motivo por el que quiero salir esta noche. Tengo planeado quedar con Brooke la semana que viene y después llevármela a la cama, y practicar con una de las strippers del Black Diamond es la mejor opción.
|| Niall ||
Maldigo a Justin ochocientas setenta y cuatro mil veces mientras termino de atarme las zapatillas. Eres imbécil Niall. Un imbécil y un blando. ¿Por qué he aceptado? O mejor aún… ¿por qué me lo ha preguntado a mí?. Él tiene otros amigos que estarían encantados de acompañarle a un lugar así. Pero claro, él es tan orgulloso que no puede, no es capaz de admitir que jamás lo ha hecho con nadie. Y yo lo conozco, puede que hasta mejor que su familia, y sé que no va a poder hacerlo. Sé que si consigue acercarse a alguna de esas chicas, se va a echar atrás en el último minuto. Y ese es uno de los motivos por los que no quiero ir con él. A mí no me gustan esos sitios. No Niall, no te gustan esos sitios y además tú no sabes comportarte cuando estás allí. Tengo miedo de parecer un paleto ahí en medio parado, mientras todo el mundo baila a mi alrededor. Y yo… no sé que pinto yo con Justin. Somos igual de diferentes que el blanco y el negro.
Me levanto de la cama después de terminar con los cordones de los zapatos y vuelvo al baño. Me aseguro de que mi ropa esté bien colocada y que mi peinado siga ahí. Me echo un poco de la colonia de Giorgio Armani y tras despedirme de mis padres salgo de casa.
Por suerte Justin vive tan sólo dos casas más a la izquierda, así que no tardo demasiado en llegar. No me hace falta tocar al timbre, él está en el portal esperándome. Mueve la pierna y al verme sonríe. Está nervioso, no haría falta conocerlo de toda la vida para notar eso. Señala su coche con la cabeza y entramos en él.
— Gracias por acompañarme, en serio. — repite.
— Bah, será divertido ver cómo haces el ridículo. — dije mientras soltaba una carcajada. Me fulminó con la mirada y decidí dejar las bromas, aunque sé perfectamente que él en el fondo me está dando la razón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario